Ecos de lo vivido y celebrado en el Triduo Pascual

Testimonio pascual en Santa Marta de Tormes (Salamanca)

Cualquiera que lea el título que antecede puede pensar que se trata de una mera crónica del triduo pascual. Una crónica que, ciertamente, habría perdido actualidad y llegaría con mucho retraso. Sin embargo, no es trata de eso. Es, más bien, el testimonio existencial de alguien que nos quiere hacer partícipes de sus vivencias más hondas. Un testimonio pascual. Estamos en pleno tiempo de Pascua y siempre es bueno oír los ecos de lo vivido y celebrado, aunque hayan pasado algunas fechas del calendario. Este es el testimonio:

El Señor llevaba tiempo susurrándome: “Deseo ardientemente pasar la Pascua contigo”. Resonaba poder juntarme, como el año pasado, con un grupo de amigos en el Centro de Espiritualidad San Vicente de Paúl y poder vivir juntos el Triduo Pascual.

Ahora, pasados unos días, cuando he dejado que todo baje al corazón, siento una gran confirmación. Realmente, el Señor deseaba que nos juntáramos, que preparáramos esta Pascua, no sólo para Él, también para todas las personas que se acercaron, personas que hacía tiempo que no veíamos, personas de nuestra comunidad, personas en búsqueda, personas tocadas por Dios… Él nos ha regalado el ciento por uno. Empezamos cinco y, en algunos momentos, fuimos 60.

Las disposiciones del Jueves Santo nos ayudaron especialmente a abrir nuestros sentidos y a elevar nuestra mirada. El Señor fue preparando nuestros corazones e, incluso en los momentos de mayor dolor y abatimiento, tuvimos los ojos, la mente, las manos abiertas para poder escuchar, sentir, interiorizar lo que Jesús iba viviendo. Según iba pasando el día, todo nos hablaba de amor, de entrega, de servicio…

La catequesis de este día, sobre el paradigma de la vulnerabilidad, me ayudó a poner palabras a tantos sentimientos que brotaban en mi interior. Poderme sentir necesitada, dependiente, limitada… me hizo quitarme “mi máscara” y alguna coraza que impedía mostrar mi pequeñez, mi fragilidad amada por Dios. Oír, de nuevo, que “en nuestra debilidad nos haces fuertes”, nos ayudó a acompañarte a Getsemaní, a empatizar con tu Hijo, a no dormirnos, a rezar en comunidad por tanto sufrimiento en el mundo.

Y llegó el Viernes Santo, el día de tu muerte… A pesar de todo, en la oración de la mañana y durante la preparación del Vía Crucis, nos hiciste caer en la cuenta que estabas en medio de nosotros.

Me tocó preparar la quinta estación. Convertida en Simón de Cirene, pude cargar con tu cruz. Caminar detrás de ti me ayudó a ser consciente de lo que iba a ocurrir: “Hoy ibas a dar tu vida por mí”.

Durante la celebración de la tarde, los gestos, la mirada, la interioridad del sacerdote nos hicieron adentrarnos profundamente en tu palabra, mirar con gran respeto y amor tu cruz. Con gran sigilo, nos acercamos a besarte, intentando aliviarte de tantos pecados que habíamos allí inscritos. Me coloqué delante de tu cruz como Pedro, pequeño, limitado, vulnerable… llorando porque te había traicionado, con muchos miedos que silenciaban ese gran amor que sentía por ti. Hay una frase que quedó marcada en mi corazón: “tengo sed”.

Por la noche estuvimos rezando ante tu cuerpo inerte. Estabas cubierto de imágenes (las cruces del mundo), pero tus brazos estaban abiertos y tus manos se dirigían a nosotros. Al liberarte de las cruces que pesan sobre nuestro planeta, sentía cómo tú también me liberabas de las mías. Acariciar tu mano herida, me ayudó a poner nombre a mis clavos. Me sentí liberada, más tranquila…

El sábado me levanté con mucha sed. Me sentí realmente en el desierto. Todas las lecturas y audios que caían en mis manos me hablaban de agua. Sentí desfallecer: ¿Por qué no te di de beber cuando estabas en la cruz? Añoraba tu agua eterna… Tras la oración con la lectura del Éxodo, se nos invitó a ir a una fuente, a coger agua, a rociarnos la cabeza… poco a poco comencé a entender.  Dejé el resto del agua en la pila bautismal. La palabra renovación vino a mi mente. Sentí esa necesidad de “morir de tanta sed de este mundo” para poder nacer de nuevo.

Todo iba cobrando sentido. Comenzamos a percibir los primeros signos de vida, un globo en el cielo, un corazón de arcilla, una rama con nombres queridos, la historia de Nick… La canción “Volver a comenzar” nos hablaba de nuevas posibilidades…

Y llegó la Vigilia Pascual y pasamos de la obscuridad a la luz, del Antiguo al Nuevo Testamento. Ahora todo lo vivido por la mañana recuperaba su sentido.  El Sepulcro estaba vacío. Tú ya no estabas allí. Y nos acercamos a la Fuente Bautismal donde habíamos dejado el agua por la mañana, renovamos nuestro bautismo. Al recibir el agua sobre nuestras cabezas comprendimos que eras Tú ese manantial inagotable de vida eterna. ¡Qué alegría ser conscientes que ni el dolor, ni el sufrimiento, ni la muerte tienen la última palabra, sino el Dios de la vida y el amor!

El domingo después de recoger los frutos de estos días y de tener una comida fraterna nos despedimos en la puerta de los Paúles. Llevo ese abrazo grabado en mi corazón. No dejo de dar gracias por todas las personas con las que he compartido estos días. Gracias, Señor, por haber soñado para nosotros esta Pascua.

Silvia Brouilhet

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