Desde el Seminario Interno de Nápoles (Italia)

Aprendiendo a “servir”: una experiencia entre los pobres

El día 27 del pasado mes de junio, terminó la fase interprovincial del Seminario Interno, que como sabéis ha tenido lugar en Nápoles (Italia). Para mí, el Seminario Interno, ha sido una gran experiencia de personas, de vocación, de profundización en aquello a lo que Dios me llamó y me llama insistentemente, y que voy respondiendo, dentro de mi debilidad.

Dentro del programa del Seminario, se nos envió por parte de la Comunidad Formativa a distintos lugares en los que compartir y colaborar desde nuestra identidad: seminaristas de la Congregación de la Misión. Unos fueron enviados a Catania (Juan y Georges) donde pudieron trabajar en favor de los más desfavorecidos, en distintos programas y actividades en unión con Misioneros Paúles, Hijas de la Caridad y otros miembros de la Familia Vicenciana. Otros, como Rrok y Luigj, fueron enviados a su tierra, Albania, a desarrollar la labor preparada por su formador en el Seminario. Otros, Chinedu, a la casa de Bisceglie, y allí, con Aarón y el P. Faiver, pudieron visitar el Hospital y realizar una atención personal con ellos, dando la comunión a aquellos que la solicitaban, pero sobre todo hablando con las personas. Aarón estuvo allí unos días, pero dado que conduce muy bien, se puso en marcha hacia Lecce, donde a Pascal y al que firma la crónica nos había dejado previamente.

Yo, Ricardo, iba con algunos temores, compartidos con mi compañero de misión, sobre todo, por una posible falta de organización. Sin embargo, fue una maravillosa experiencia de acogida en un buen lugar donde, desde el principio, me sentí como en casa o, mejor dicho, como en mi propia casa. Han sido días de compartir sencillamente la vida de la comunidad. Ver, escuchar, colaborar y seguir las indicaciones después de aceptar cada cosa como nueva propuesta, como un reto.

Todos los días han comenzado de la misma forma, con el rezo meditado de Laudes. De ahí parte la misión en la que cada día íbamos a colaborar y, a la oración de la Hora Media, volvía todo lo que habíamos podido aprender y compartir. Para celebrar la Eucaristía con la parroquia a las 18, 00 horas y seguir compartiendo vida y oración.

He compartido mi vida con personas sin techo, sin ropa, sin alimentos, con personas solas, ancianas, abandonadas, enfermas en el olvido… Pero, sobre todo, he aprendido mucho de cada grupo de personas con el que, gracias a Dios, me he encontrado. Todas son personas, todas esperan algo de nosotros, que supuestamente estamos al otro lado. Me han golpeado el corazón con sus gritos pidiendo más, me lo han golpeado con su silencio, también cuando esperan a Nadie, en mayúsculas, porque ahí va el nombre de hijos, hijas, familiares. Me lo han golpeado confundiéndome con sus padres, amigos, familiares…

¿Qué hice? Es la pregunta que muchas veces me lanzaron al contar dónde estaba, y sólo podía decir: lo que hice fue hablar, hablar mucho y sonreír más. Pero no me fui de allí sin dar las gracias a los trabajadores que esperaban unas palabras y, sí, Jesucristo y su Evangelio fueron el centro de mis humildes palabras. Les invité a que pusieran a Cristo en el centro de todo lo que hacen y, como sabéis, Él hace nuevas todas las cosas.

También hubo momentos para conocer las distintas actividades que se desarrollan en la parroquia Santa Maria dell`Idria: personas de Acción Católica, con los que compartimos un momento de oración intensa partiendo de un testimonio; grupos de catequesis, yo con los que se preparan para el servicio al altar, donde dije unas palabras sobre la importancia del servicio y de la humildad en el servicio, teniendo siempre en cuenta que servimos a Jesucristo. Y el encuentro con los jóvenes de primera comunión, dispuestos para la oración del Via Crucis. El párroco me pidió una pequeña introducción, que giró en torno al Amor y al seguimiento, pasando por encima de lo repetitivo y aburrido que se les hace en algunos momentos.

Una visita muy especial fue a la casa de las Hijas de la Caridad, donde colaboramos en la Residencia para mayores que lleva una de las Hermanas. Allí saludamos a todas y les enseñé tan avanzado aparato llamado teléfono móvil y disfrutaron muchísimo, tanto como yo. La Hermana contó la historia de los mártires de Otranto, lugar que habíamos visitado no hacía mucho, y lo hizo para que reflexionemos sobre nuestra capacidad de entrega, hasta la muerte.

En otro de los pisos de la casa, disponen de un comedor social los 365 días del año, las 24 horas del día, junto con banco de alimentos y ropero. Dimos comidas, incluso había que contarlas, muchas veces con la sensación de que hemos de hacerles conscientes de su dignidad como personas, una dignidad que creen perdida cuando ellos no pueden elegir ni lo que comen. Mucho trabajo y mucha reflexión hacen falta. Todos rezaron con nosotros y con un “grazie mille e a domani”, (“muchas gracias y hasta mañana”), se despedían.

En mi crónica falta algo fundamental: el sentirse Comunidad. Esta vez ha resultado más fácil pues íbamos en grupos de dos en dos, como los discípulos. Me siento en comunidad cuando compartimos lo que vivimos, cuando las desesperanzas del otro también son las mías y ese otro lo sabe. Comunidad es vivir juntos para… la misión. Vivir juntos como Misioneros Paúles. Si algo he aprendido, entre muchas cosas, es que tenemos que SER, para después poder hacer. Que sin una clara identificación, lo que hagamos, por muy bueno que sea, no es suficiente y, me atrevería a decir, que no está bien hecho.

Ricardo Rozas

Seminarista paúl

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Por Fechas

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