En Santa Marta de Tormes (Salamanca)

Bodas de oro sacerdotales gozosas y agradecidas

El día 26 del pasado mes de junio, nos juntamos en Santa Marta de Tormes (Salamanca) un buen puñado de compañeros misioneros paúles. Esta reunión tenía un fin específico: dar gracias a Dios por la ordenación sacerdotal. No era, por tanto, una reunión de amigos, ni de los del curso, que se juntan para verse y dialogar, aunque, como es lógico, también. La finalidad primera se cumplió perfectamente.

De hecho, el centro de todo fue la concelebración de la Eucaristía, a las 11 de la mañana del mencionado día 26 de junio de 2016. Presidida por Alfonso Berrade, el mayor de vocación, acompañado por Raimundo Benzal, Alfonso González, Manuel Aznar, Santiago Arribas, José Luis Induráin, José Manzanedo, Tomás Clemente Peribáñez y Jesús Rodríguez Rico. Nos sumamos a la concelebración José Fernández Riol y un servidor, Paulino Sáez, que tendremos que esperar hasta el año próximo para celebrar nuestro 50 aniversario de ordenación.

Estuvieron en nuestra mente, y unidos en comunión, Aurelio Agustín Benito (Ochoa), Maximino Santos Nogal, Fermín Maroto, Julio Pampliega y Castor Fernández que, por diversas circunstancias, no pudieron estar físicamente. Desde el comienzo, también estuvieron presentes los que nos han precedido en la casa del Padre: Mons. Sanz, Aníbal Movilla, José Luis Echarte, Félix Vicente Santiago, Salvador Ibáñez de Opacua, Andrés Pato y Francisco Rodríguez Blasco, que en paz descansen.

Caminamos hacia el altar cantando “Pueblo de Reyes”, y en el ánimo de todos estaba el buscar los comienzos, llevando toda la vida hasta el altar, desde entonces hasta ahora, como una ofrenda imperfecta, pero llena de gracia por la misericordia de Dios. La misa “De Angelis” nos envolvió durante la celebración y  la Santísima Virgen nos cubrió con su manto cuando, al final de la Eucaristía, cantamos la Salve del P. Alcacer.

No tuvimos homilía oficial, sino la sucesión de las experiencias personales, en las que se mezclaron pensamientos profundos con sencillas anécdotas, todas envueltas en  agradecimiento a Dios y a todos los que han contribuido a que hayamos llegado a esta celebración.

Han sido muchos los destinos, por España y por todo el mundo, y muchos los ministerios. Seguro que no han sido todo alegrías, pero no era el día adecuado para destacar las tintas negras, sino para dar gracias por la vida, por la ordenación y por el ministerio en servicio de los pobres. Era una forma de demostrar lo bien que nos han nacido.

Y así se fue viendo, en cada una de las intervenciones, la alegría en el trabajo y la conformidad con la obediencia, destacando lo que más ha satisfecho en los ministerios  que se nos han encomendado. Ni una sola queja.

¿Por qué murieron en aquel terremoto todos los que estaban a mi lado y yo seguí viviendo, se preguntaba Berrade?  Tal vez, en lugar del porqué, habrá que preguntarse el para qué. Y más preguntas; sobre todo, la del misterio de la perseverancia. ¿Por qué otros, con muchas más cualidades humanas y divinas, no perseveraron en este camino? Misterio. Pero en este misterio se intuye el para qué de cada uno en este mundo, pues cada uno tenemos una misión que cumplir, dependiendo siempre de la ayuda y de la misericordia de Dios.

Llegamos la víspera y, la verdad, no es que hayamos cambiado demasiado, a pesar de los años. Se nota más la edad por los pastilleros que por el físico. Menos pelo, más arrugas, pero no demasiado cambio; se nota que la edad media ha superado los 80 años.

En lo sicológico sí: más serios, más sensatos, más maduros; pero la  alegría desbordante, no ostentosa, nos vuelve a lo de entonces, cuando los años se hacían largos, por las ansias de ver el final de la etapa.

Por eso, en lo que más se nota el paso de los años es en los recuerdos. ¡Cuántos recuerdos del pasado! Y qué gozo volver a vivir, en el recuerdo, los acontecimientos de entonces, con agradecimiento, para, desde la sabiduría que dan los años, relativizar los momentos incómodos y difíciles y saborear tantos sucesos agradables. Tal vez, sería bueno pensar, de vez en cuando, en aquellos acontecimientos, para no caer en desánimos.

Aparecieron las lentejas, tan ricas, que nos hacía el Hermano Nebreda. Y es verdad que pasábamos alguna necesidad; teníamos toallas como papeles de fumar, para dedicar el poco dinero a que comiésemos un poquitín mejor. ¡Y qué felices éramos! Ahora, tenemos de casi todo, ¿somos más felices?

En estos días de celebración gozosa aparecen todos estos pensamientos, recuerdos y sentimientos, ¡y cuánto bien hacen! Sanan la historia, cuando, tal vez, por eso de las circunstancias, está un poco herida. Demos gracias a Dios por todo.

También este año, y  todos los años, la casa de Salamanca, sin pensar en las incomodidades, abre generosamente sus puertas a quienes celebran sus Bodas. Gracias de todo corazón, por acogernos y por todas las atenciones, incluidos los abundantes detalles, que no son desapercibidos, sino muy dignos de agradecimiento. Gracias, muchísimas gracias.

Paulino Sáez López, C. M.

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