En el barrio almeriense de “El Puche”

Celebrar la Pascua en las periferias: una reflexión vicenciana

Expresar la experiencia vivida en estos días especiales de Semana Santa, en la Parroquia de Santa María Madre de Dios, de este humilde barrio de Almería conocido como “El Puche”, no es tarea fácil, pues a veces la palabra humana no expresa en su totalidad los sentimientos vividos. En estos días, pudimos compartir y revivir el Misterio más importante de nuestra fe católica, el Misterio Pascual, gracias a la acogida, amabilidad y alegría de la comunidad parroquial y vecinos de dicho barrio.

Han sido unos días intensos, donde la colaboración y participación desinteresada de todos, nos muestra la posibilidad de transformar nuestras vidas y nos lleva a vivir la razón de nuestro ser vicenciano, porque sólo compartiendo muy de cerca junto a los pobres, como los de este barrio, se llegan a entender aquellas reflexiones que nuestro Padre Fundador San Vicente de Paúl nos dejó como legado: “Nuestra herencia son los pobres”, y solamente conviviendo con y entre ellos, es como se descubren los rostros sufrientes de Jesucristo.

Compartir estos días junto a personas como Dolores, Maruja, ambas Marías, Teresa, Pedro y Trini, Eli y Andrés, José Luis-María y su hijo José Miguel, y así otras tantas personas…, todas ellas tienen algo en común, un corazón noble y generoso.

Unos días donde nos abrimos a la vivencia del Evangelio, donde nos enseñaron a través de catequesis del P. Miguel Sánchez Alba, cómo debe ser nuestro modo de vivir, que no es otro, que estar al lado del otro, del vulnerable, del más necesitado; para ver y abrazar sus debilidades y equivocaciones, y las nuestras mirándonos a nuestro interior, curar si es posible las fragilidades y grietas que tenemos como seres humanos, estando convencidos de que son abrazadas por la paternidad de Dios y su Misericordia. Y de entender que sólo entre los pobres está la “verdadera religión”, como dijo San Vicente de Paúl.

Junto a personas de la parroquia, visitamos el barrio, casa por casa, haciendo hincapié en los enfermos. La característica de “El Puche” es que está poblado de personas de distintas culturas y etnias; pudimos experimentar la acogida y hospitalidad de la mayoría de los vecinos residentes en él, en concreto una familia, la de Hasis, esta familia musulmana nos abrió no sólo la puerta de su casa, sino la de su corazón, nos cuidaron como a sus “huéspedes” (en ese sentido de verdadera hospitalidad), compartimos té, tortilla de maíz con miel, frutos secos y lo mejor, una conversación desde la fraternidad y la comprensión, nos sorprendió la alegría que se respiraba en esa casa poblada de niños. Varias son las anécdotas de ternura con los niños, signos de un “nuevo comienzo” evangelizador.

La verdad que estos gestos que no fueron únicos nos dejan sin palabras. Pero, a la vez, nos anima y nos hace ver la importancia de testimoniar nuestra fe en todos los lugares, sin miedo, sin complejos, manifestando la verdad y caridad del Evangelio.

Ahora bien, no todo fue idílico, también hubo respuestas como “no tengo tiempo…”, “cierre de puertas”, o “yo vivo la fe a mi manera”, pero todo desde la cordialidad y bajo un respeto que encierra esperanza de querer una convivencia tranquila y en paz, algo que nos llenó de gozo.

Los momentos vividos en las celebraciones de todos estos días , fueron muy bonitos y emotivos, donde se podía apreciar una fidelidad y participación en todos los acontecimientos: oraciones, viacrucis (algo conmovedor, ver como al paso de la Cruz, todos independientemente de su credo, contemplaban el rostro de Cristo crucificado, desde balcones o saliendo a sus puertas), lavatorio de pies, la última Cena, Pasión del Señor, Oración ante el Sepulcro y la gran fiesta la Vigilia Pascual, donde se palpaba la fe de la gente, se veía la entrega de la comunidad, gastando el tiempo que hiciera falta en la preparación de las celebraciones, para que todo el que asistiese se sintiera acogido y pudiera sentir la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor en su corazón y seguir contándolo.

Toda esta vivencia se pudo hacer realidad gracias al esfuerzo que durante mucho tiempo han venido realizando el Consejo Parroquial, bajo la dirección del P. Miguel, quien, en todo momento, nos hizo sentir como uno más, es decir como en casa de uno.

Por tanto, desde esa felicidad que nos ha producido el estar pasando estos días en comunión con todas las personas de la Parroquia y con la comunidad de Padres Paúles de Almería, donde nos sentimos acogidos por todos ellos desde el primer momento. Sólo podemos expresar palabras de gratitud por este gran privilegio y seguir pidiendo que Dios siga derramando su gracia sobre todas estas personas y nos haga descubrir a todos que el lugar donde debe evangelizar y estar un vicenciano es entre los pobres y con los pobres.

Samuel Finly, C. M. y Juan Cruz, seminarista

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