En el Centro San Vicente de Paúl, de Lugo

Experiencia de verano y próxima ordenación de diaconado

Desde el 15 de julio al 3 de agosto de este año 2018, he compartido mi vida y mi trabajo en Lugo, en el Centro San Vicente de Paúl, con las Hijas de la Caridad. Estos días me han dejado una profunda huella, han marcado mi vocación al sacerdocio como misionero paúl. Han sido unos días llenos de comunidad y fraternidad, unos días de servicio y entrega, unos días de experiencia de Dios.

Hace unos meses, emití los votos en la Congregación de la Misión y hace poco me comunicaron mi admisión al orden del diaconado. Esta experiencia vivida y compartida en Lugo contribuye a vivir con mayor profundidad y madurez mis votos y a ser más consciente de lo que supone el diaconado y la configuración con Cristo servidor.

Ha sido experiencia de comunidad y fraternidad, pues nada más llegar y bajar del autobús, Sor Julia, Hermana Sirviente de la Comunidad, me recibió con un “bienvenido, hermano”. Todos los días he experimentado lo que es ser hermano, miembro de una misma familia. No solo de palabra, sino de corazón. En cada gesto de las Hermanas de Comunidad, en cada palabra... se ve que nos sabemos familia y cuántas gracias hemos de dar a Dios por esto.

Han sido días de servicio y entrega, pues la actividad en el Centro es exigente, pero, cómo no entregarse cuando vengo unos días y veo el ejemplo de una Comunidad de Hijas de la Caridad que da igual la hora, el momento del día..., siempre están, siempre acuden. Rezan y lo hacen vida, viven y lo llevan a la oración.

¿Cómo entregarse por completo, sin reservarse tiempos para ellas mismas? ¿Cómo hacerlo y que el cansancio no domine su vida? Pienso que todo tiene sentido desde Dios, desde la confianza, la entrega y el saberse amadas profundamente..., pero ciertamente no es difícil sentirse amado, querido, valorado, necesitado en este Centro San Vicente de Paúl. Son personas que te necesitan. En algunos casos, sin el “otro” no podrían ni hacer lo más básico y elemental, sin el “otro” les resultaría difícil o imposible sobrevivir.

Es un Centro en el que hay vida, mucha vida... desde el otro, desde el saberse “parte de...”, sabernos en comunión, necesitados unos de otros. Son personas, a las que nada ni nadie puede robarles la dignidad que tienen por el hecho de serlo. Ni la enfermedad, ni la discapacidad, ni la minusvalía... pueden eliminar algo que les pertenece por ser personas, la dignidad.

Este Centro habla de amor por la persona en todas sus dimensiones. Habla de caridad que mueve a las Hijas de la Caridad de esta Comunidad a entregarse, superando años y achaques, cansancio, dolores... por los preferidos de Dios. Habla de vida digna, la que procuran a los que viven en el Centro tanto las Hermanas como los trabajadores y voluntarios. Muchos trabajadores, con los que he compartido algunos momentos y que, siendo verdad que es su trabajo, lo hacen con entrega, hablan de vocación y se nota en aquello que uno ve y escucha.

Gracias a mi Comunidad de Salamanca por enviarme, gracias a la Comunidad de Hijas de la Caridad por su acogida y el hacerme sentir familia, enseñarme y ayudarme a vivir mi vocación de paúl. Gracias a los trabajadores del Centro y de los talleres, por lo enseñado y compartido. Gracias a todos los que viven en el Centro por hacerme ver cómo os necesito en mi vida y cómo mi vida ha de ser más vuestra que mía.

Quiero terminar con tres frases que me han acompañado durante esta experiencia de servicio, en este verano, una es de San Pablo y las otras me las repitió Sor Julia los días que estuve allí y, sin duda, me hicieron vivir esos días de forma diferente, con un sentido nuevo: “No soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mi”. “Los pobres nos acercan a Dios”. “Cuando estés dándoles de comer, mirándoles... ¿qué me dirían si pudieran hablar?”.

Ricardo Rozas, C. M.

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