En la Obra Social Santa Luisa de Marillac, de las Hijas de la Caridad

Experiencia misionera en el barrio de la Barceloneta

Este año, como experiencia pastoral, mi comunidad, la CIFI (Comunidad Interprovincial de Formación Inicial), me envió a la Obra Social Santa Luisa de Marillac, de las Hijas de la Caridad, ubicada en el corazón del barrio de la Barceloneta, en Barcelona. Un barrio que se forjó con el trabajo de los pescadores que, en aquella época, trabajaban en el mar Mediterráneo que baña estas costas catalanas.

Lo que era un barrio de pescadores, con el tiempo se convirtió en un barrio deprimido, en el que el paro, las drogas y la prostitución reinaban en este lugar. Esta situación no pasó desapercibida para las Hijas de la Caridad y, en concreto, para una en particular, Sor Genoveva Masip, que comenzó siendo una pequeña luz en medio de la oscuridad para muchos chicos y chicas que cayeron en el terrible mundo de las drogas. Así, este proyecto se hizo fuerte y se consolidó, gracias al trabajo de las Hijas de la Caridad. Hoy es como un oasis en medio del desierto de muchas vidas truncadas por el fatal desenlace de una enfermedad o, en su mayoría, vidas desechas por el alcohol y las drogas.

La Obra Social Santa Luisa de Marillac tiene diversos recursos para la acogida y promoción de las personas que buscan amparo en este lugar. Dispone, por ejemplo, de un espacio donde se sirven desayunos personalizados, donde se atiende a las personas de cuatro en cuatro y desde aquí, digamos, que es una de las plataformas para acceder a otros recursos más duraderos en el tiempo. Dispone también de un “Centro de día” y de un “Centro de estancia limitada” para la recuperación de una convalecencia por enfermedad u operación. Esto quiere decir que, a través de este recurso, los usuarios del Centro viven en él un tiempo limitado y asistido las 24 horas del día por profesionales que les ayudan a una correcta y pronta recuperación.

Mi cometido en estos días fue el de acompañar a estas personas en las actividades del Centro de día y, en otras ocasiones, ir con ellos a las citas médicas. El hecho de estar con ellos día a día y compartir experiencias cotidianas, me daba la oportunidad de charlar sobre las situaciones personales de cada uno de ellos, y compartir las penas y las alegrías. En alguna ocasión, incluso, se creaba un espacio donde el testimonio personal se convertía casi en una confesión. En estos casos, deseaba con todas mis fuerzas ser ya sacerdote, para poder servir como instrumento de Dios con el abrazo del Padre al hijo pródigo.

Ha sido, en definitiva, una experiencia en la que he aprendido muchísimo de esta dimensión de la vida. Algo tan insignificante como “estar”, se convierte en una experiencia increíble de amor al prójimo. En esos casos, nada pasa desapercibido porque es Dios mismo quien actúa y nos pone en momentos y situaciones para llevar a cabo su proyecto.

Para mí, este es un proyecto con el que San Vicente de Paúl se sentiría totalmente identificado. Y nosotros, como misioneros paúles, deberíamos tener claro que tenemos que “estar” en este tipo de obras, porque al igual que decía San Vicente que “los pobres son mi peso y mi dolor”, también debemos sentir sobre nuestros hombros ese peso y ese dolor que azota a los más vulnerables.

Francisco Javier López Monrobé

Seminarista paúl

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Por Fechas

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