Casa de Acogida San Vicente de Paúl en Burgos

Experiencia pastoral en las “periferias existenciales”

Después de los exámenes finales, los formadores de la Comunidad Interprovincial de Formación Inicial (CIFI), envían a los seminaristas a realizar distintas actividades pastorales durante el tiempo de verano.

A mí me han enviado a Burgos, para vivir una experiencia real con una comunidad de Paúles, y, a la vez, colaborar en una obra social que nuestras Hermanas, las Hijas de la Caridad, mantienen en esta localidad: la “Casa de Acogida San Vicente de Paúl”.

Comenzaré comentando un poco de lo mucho que en la Casa de Acogida se ofrece a las personas que, por cualquier circunstancia, están sufriendo una situación de vulnerabilidad, en ocasiones enorme. Son varios los recursos que ofrece dicha Casa.  Entre ellos, comedor social, centro de día, servicio de duchas y un pequeño ropero. Cuenta también con estancias donde, por ejemplo, se desarrolla un proyecto de inserción de inmigrantes, mediante un proceso transitorio, hasta ser derivados a un piso de acogida y desde donde se les intenta ayudar a integrarse en la sociedad. Son personas que llegan a España en busca de una vida nueva y mejor, pero encontrándose con una realidad muy distinta de la que soñaban e impensable para ellos, hasta el punto de llegar a preguntarse: ¿Qué estoy haciendo con mi vida? ¿y con la de mis seres queridos? ¿hay alguien que me ayude a salir de esto?... La Iglesia, a través de Caritas y la Hijas de la Caridad, aquí en la Casa de Acogida San Vicente de Paúl, intentan dar una respuesta, aunque para algunos no sea suficiente.

Pues bien, mi tarea con ellos fue compartir mis conocimientos a nivel de usuario de informática, pero fui más allá y propuse como objetivo “ser personas de provecho”, es decir, que aprovechasen todo lo que yo les podía ofrecer, y viceversa, desde la alegría, a pesar de su situación. Como nuestro Señor nos pide, dejándonos “hacer”.

Quisiera destacar mi incertidumbre, en un primer momento, sobre cuál sería la tarea que debería realizar. Pronto advertí que tan solo debía “estar”, estar con ellos presente, perder el tiempo en el amor, acogiéndoles en mi vida y escuchar la voz del Señor, con gran apertura de corazón, de oídos (escucha) y con unas manos en posición de acogida con todo lo que ello implica (comprensión, ternura, cariño, manos suaves para esas cicatrices que tan marcadas llevan estas personas, que vienen por la Casa). Porque para mí, en definitiva, quien quiere acogerlos es Dios.

Es Él quien quiere ofrecerles esa acogida; nosotros somos su medio o signo de referencia. Por tanto, en esa escucha intenté mostrarles la misma compasión y amistad que el Señor muestra conmigo, y hacerles ver que los momentos que se les ofrecían en las comidas, meriendas y cenas, aparte de alimentos para nutrirse y vitales para el funcionamiento del organismo, también podían ser momentos de crear lazos de amistad y fraternidad, donde crear una relación que pueda abrir un nuevo horizonte y combatir la peor de las enfermedades de estas personas, que, bajo mi punto de vista, es la soledad. Por eso, no se pierde el tiempo dedicado al amor, si estamos dispuestos a entregarnos y darnos a ellos, como María. Ella dejó todo y dijo sí.

En el comedor hay una frase sobre la pared: “Danos hoy nuestro pan de cada día”. Me invitaba a reflexionar, que, como Iglesia y aún más como Familia Vicenciana, estamos llamados a estar atentos y solícitos a los más débiles y a sus necesidades, y no dejarlos solos en la búsqueda de su pan, porque es aquí donde nos encontraremos con el auténtico rostro de Cristo, vivo y presente en todos, con ese Cristo evangelizador de los pobres, que nuestro fundador San Vicente nos insta a tener presente en nuestras acciones.

He de decir cuánto me ha ayudado esta vivencia en mi acercamiento al Señor en estos días que he compartido con ellos. También la implicación de voluntarios y su labor desinteresada, pero tan necesaria. Y, cómo no, el testimonio evangelizador de las Hermanas, que se entregan con una generosidad desbordante al servicio de aquellos que más lo necesitan, y en esa búsqueda acuden a este Casa de Acogida. Todo ello ha originado en mi oración personal más claridad para ser misionero paúl.

La convivencia en la comunidad de Paúles también ha sido positiva. He visto cómo es realmente la vida y el trabajo de una comunidad de la Congregación de la Misión, aunque ahora en esta época vacacional no tenga el ritmo habitual. Pero aun así, he conocido las capellanías y las parroquias que los misioneros atienden en los distintos pueblos de alrededor de Burgos, y donde he vivido momentos muy significativos e importantes en mi proceso vocacional hacia el sacerdocio.

Destaco la acogida que tuve en la casa y la facilidad que la comunidad me ha ofrecido para la convivencia. En verano es una casa muy visitada por los paúles, sobre todo burgaleses, con lo cual se constata el sentido de familia de la Congregación.

Juan Cruz

Seminarista paúl. Etapa previa Seminario Interno

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Por Fechas

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