24 de julio-9 de agosto de 2015

Mi experiencia pastoral en el Líbano

Al comenzar a escribir sobre mi experiencia pastoral en el Líbano (24 de julio- 9 de agosto), he de hacerlo dando gracias a Dios, por ser enviado por mi comunidad a vivir esta interesante y gran experiencia. Una experiencia que, por lo tanto, no es individual sino comunitaria, tanto por el envío como por el acompañamiento que hacen desde la unión en la oración.

Las experiencias no se pueden medir sino por los momentos de encuentro con Dios y, sin duda, éstos han sido muchos y de muy diversas formas, y con diferentes personas.

Experiencia de Dios en el sentirme uno más, uno más del grupo, a pesar de las dificultades idiomáticas. El lenguaje del corazón, de la sonrisa, de las miradas… ¡existe! Las barreras las creamos nosotros, y se puede y se debe comunicar con el corazón y TODO el mundo llega a entender y comprender. Una Hija de la Caridad me dijo: “Tú me entiendes porque escuchas y comunicas con el corazón. ¡Qué gran verdad! Sin duda, hemos de aprender siempre a hablar con el corazón.

Experiencia de Dios en los momentos de oración (en francés y árabe) con el grupo de misioneros, además de la Eucaristía, celebrada por el rito maronita, que me ha hecho percibir la riqueza y pluralidad de nuestra Iglesia y la existencia de hermanos en la fe que no celebran igual que nosotros, pero sí lo mismo que nosotros: al Dios de la vida, hecho carne en su Hijo Jesucristo.

Experiencia de Dios en el encuentro con Él, en los demás y, especialmente, en los más humildes y desfavorecidos. Esto ha sido parte de mi labor en el Líbano, sobre todo en las llamadas “visitas sociales”. Estas visitas pueden describirse imaginando que a cada puerta a la que llamábamos, las familias lo dejaban todo y nos abrían las puertas de sus casas y de su vida. Fueron los momentos en los que pude tocar, palpar y percibir la hospitalidad libanesa, la alegría de la fe, las dificultades en las que algunas familias viven y el cómo comparten sus alegrías, tristezas y esperanzas. Abren sus casas, sus vidas, sus corazones… y dan todo lo que son y lo que tienen, llenando la vida de los que humildemente nos acercamos. El objetivo de estas visitas era compartir la fe y ver las necesidades de atención sacerdotal, rehabilitación de las casas, necesidades médicas.

Experiencia de Dios en el servicio, colaborando en el “chantier”, que consistía en la rehabilitación de determinadas casas del pueblo. Estas rehabilitaciones eran más bien una redignificación de las condiciones de vida de las personas que en ellas viven. Fundamentalmente, consistieron en lijar las paredes y pintarlas y, los especialistas, en rehacer los baños, la cocina, instalar agua corriente y luz eléctrica, todo ello son condiciones de vida que no son extrañas en muchos de aquellos hogares, pero que para mí supusieron un gran choque con respecto a la forma de vida en occidente. Sobre el trabajo realizado, no solo ha sido lijar y pintar, eso pueden hacerlo muchas personas. Nosotros hemos hecho eso, pero desde el amor a ellos como hermanos nuestros que son en Cristo.

Experiencia de Dios en “nuestra casa común”, usando las palabras del Papa Francisco. Una tierra, el Líbano, un Valle Santo, La Qadisha, que, al ascender a las partes más altas de sus montañas, al visitar el bosque de los Cedros o al bajar y recorrer ese valle, me han hecho contemplar la belleza de una naturaleza que nos acoge y nos sustenta, una “hermana con la cual compartimos nuestra existencia”, como dice también el Papa, en su encíclica “Laudato Si”.

Atravesando todo lo anterior aparece la vida comunitaria, la vida de todos aquellos que venían de Francia, de mí que me puse en camino desde España y de los libaneses que nos acogieron de una forma que me hizo sentir como parte de una familia grande y plural. La experiencia de comunidad para la misión ha sido grande y fuerte, única en mi vida vocacional, por producirse en un contexto de misión en un país extranjero. Una experiencia que ha compaginado oración, celebración, servicio, acción, compartir, conversar… en definitiva, un ponerse en camino todos juntos desde una misma fuente: Cristo, y hacia un mismo fin: los hermanos en la fe y el amor a ellos en Cristo.

En definitiva, he prestado un servicio con amor, con esfuerzo y con ilusión, siendo consciente de mis limitaciones y dificultades, también acumulando cansancio, pero Dios acoge todo y lo pone en orden, en su orden: el del Amor.

Al terminar esta reflexión sobre mi pastoral de verano, muy próxima mi partida hacia Nápoles para realizar el Seminario Interno, siento una gran alegría de haber participado en esta misión que me ha permitido ser más consciente de mi vocación al sacerdocio dentro de la Congregación de la Misión.

A todos los lectores os envío un saludo y os aseguro mi oración, al tiempo que os pido que me tengáis presente en la vuestra, sobre todo en estos momentos de cambios, el más importante será el momento de ser admitido a la Congregación, de la que sintiéndome parte, a partir del día 29, será una realidad.

¡Gracias, Señor!

Ricardo Rozas

Seminarista de la Congregación de la Misión

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