Con la participación de más de 120 miembros de todas las ramas

Segunda Jornada de la Familia Vicenciana en Barcelona en torno a los 400 años del carisma vicenciano

“Del salón en el ángulo oscuro,/ de su dueña tal vez olvidada,/ silenciosa y cubierta de polvo,/ veíase el arpa” (Gustavo Adolfo Bécquer).

No sé si viene a cuento este fragmento de Bécquer para el tema que me ocupa; de todas maneras creo que es oportuno. Cuando en el transcurso de una charla abrimos los ojos ante algo nuevo, es que alguna fibra ha quedado tocada. Ha ocurrido, tal vez, que se nos han dicho cosas cuya novedad nos ha sorprendido gratamente o que hemos encontrado una luz donde rondaba la penumbra.

Sí viene al caso lo de Bécquer, porque Sor Mª Ángeles Infante nos tuvo en vilo casi dos horas de una mañana primaveral, sacándole las notas al carisma de Vicente de Paúl. Y no es que estuviera olvidado en rincones oscuros…, es que la historia se ha de desentrañar para sacarle las verdades con agilidad mental y, sobre todo, con el amor apasionado.

Quisiera ser fiel al eco que dejó su conferencia en el marco de la Segunda Jornada de la Familia Vicenciana que tuvo lugar en Barcelona, en el recinto de “María Reina”, de las Hijas de la Caridad, el día 18 de este mes de marzo de 2017. Me gustaría no alejarme del sentir de los más de 120 miembros de todas las ramas de la Familia Vicenciana allí reunidos.

Nos quedó claro que San Vicente no era un ángel caído del cielo con la aureola de la santidad asegurada de por vida. Nunca fue oscura su fe, mamada en una familia cristiana; se topó, eso sí, con una época donde la vocación sacerdotal llegaba con matices un tanto egoístas, viendo en ella un medio de subsistencia personal y familiar. Su viveza intelectual era prometedora y él, supo sacarle partido sobreviviendo. Puede que pensara y pensó que con su precipitada ordenación sacerdotal, a los 19 años, tenía todos los caminos abiertos en París o donde fuera… Bien dotado intelectualmente podía aspirar a cualquier cargo honorífico, y de hecho pudo hacerlo.

Pero este joven sacerdote, con sus luces y penumbras vocacionales (nunca sombras),  no era el soñado por Dios… Su recipiente de barro no estaba lo suficientemente horneado para recibir el CARISMA que sería un don para la Iglesia. Le tocaría en suerte un camino de cruz sembrado de calumnias, de dudas de fe, de interpretaciones malintencionadas. Hubo de experimentar la inseguridad de la esclavitud para entender la cruda realidad de los esclavos de Túnez y Argel; pasó también por la escuela de la pobreza real en una pensión maltrecha física y moralmente, donde empezó a “saber quiénes eran los pobres de verdad”.

Y Dios le salió al paso; no podía ser de otra manera… Su sacerdocio tendría que purificarse pisando parroquias derruidas y faltas de pastores dignos. La cura de almas sería la medicina adecuada para despejar las dudas de fe; para conocer de lleno el valor de su consagración sacerdotal; para comprender que “no podría dormir tranquilo viendo como el pueblo se moría de hambre de Dios y de pan”.

Sólo un hombre curtido en la humildad y en un honrado trabajo pastoral, pudo llegar a ser “el padre de los pobres”, el regenerador del clero, el inspirador de una gran familia enraizada y nutrida en el corazón del Evangelio que es la Caridad.

No, no fue Vicente de Paúl un ángel bajado del cielo. Su frágil barro, como el de todos nosotros, se dejó moldear por el Alfarero. Implica un gran esfuerzo personal para acoger la GRACIA cuando le salió al paso. Por eso, no tuvo remilgos en confesar una y mil veces que no siempre anduvo recto por los caminos de Dios; por eso, supo que con su ayuda todo era posible; por eso, entendió la flaqueza humana en los pobres y en los miembros de las Comunidades por él fundadas.

La mañana se nos fue en vivir la convicción que es la hora de coger las arpas medio empolvadas para sacar de sus cuerdas las mejores melodías de la Caridad… La Iglesia espera de la Asociación Internacional de Caridades (AIC) el ardor caritativo creado en Châtillon; de la Congregación de la Misión, el celo misionero de sus orígenes nacido  en Folleville; de la Hijas de la Caridad, el servicio esforzado y humilde a sus señores los pobres; de la Sociedad de San Vicente de Paúl, el arrojo e intrepidez de Ozanan y Sor Rosalía Rendu; de las Congregaciones Marianas (AMM y JMV), el amor a María como camino que aproxima a Dios y a los hermanos.

Y tras el alimento intelectual, histórico y agradecido, llegó el momento de compartir el alimento corporal; tiempo, también, de estrechar nuestros lazos familiares mediante el diálogo y la conversación distendida y la sobremesa y paseo dejándonos acariciar por el sol.

A media tarde, llegó el momento de agradecer, celebrar y orar por la inspiración carismática de Vicente de Paúl en la celebración de la Eucaristía, que sirvió, también, para dar gracias a Dios por el inmenso bien que se ha podido hacer en la Iglesia desde la humilde praxis de la Caridad con los hermanos heridos por cualquier tipo de pobreza.

Fueron ellos, los más pobres, quienes elaboraron con sus manos, el sencillo símbolo que se repartió a todos los participantes en la Jornada: una vela, adornada por hilos de colores, como los del círculo del logo de nuestro año jubilar, y la oración por los 400 años del carisma. Con esa luz y con esa oración, nos sentíamos enviados a seguir respondiendo a las pobrezas de nuestro mundo según el ejemplo de Vicente de Paúl.

Sor Rosa Mendoza, Hija de la Caridad

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Por Fechas

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