20 de septiembre en la Catedral de La Habana

Testimonio de Sor Yaileny Ponce Torres, Hija de la Caridad, ante el Papa Francisco

Durante su estancia en Cuba, el pasado domingo día 20 por la tarde, el Papa Francisco celebró la hora litúrgica de Vísperas con los sacerdotes, religiosos, religiosas y seminaristas, en la Catedral de La Habana. En este acto, una joven Hija de la Caridad habló en nombre de la Vida Consagrada delante del Papa, dando un precioso testimonio de su servicio a los pobres.

En la página web de la Conferencia de los Obispos Católicos de Cuba, hemos encontrado la intervención completa de la joven Hija de la Caridad. También hemos encontrado unos breves datos de su vida: se llama Sor Yaileny Ponce Torres. Tiene 28 años y es natural de Madruga, provincia de Mayabeque. Entró al seminario de las Hijas de la Caridad a los 21 años. En la actualidad está destinada en la comunidad de “La Edad de Oro”, en La Habana, donde las Hijas de la Caridad atienden a 200 enfermos con encefalopatías crónicas.

Este es el testimonio íntegro y completo de Sor Yaileny Ponce Torres, Hija de la Caridad, ante el Papa Francisco. La manera como escuchó el Papa este testimonio es la mejor prueba del impacto que causó a todos los presentes en el acto. Merece la pena leerlo y reflexionarlo. Es inconfundible su sabor a espiritualidad genuinamente vicenciana:

Querido Santo Padre:

Al terminar la etapa del seminario, supe que la comunidad me enviaba a servir a Dios y a los pobres en el Hogar de impedidos físicos y mentales “La Edad de Oro”, tuve miedo, lloré mucho…, sabía que de todas la obras en las que estamos presentes, ésta, justamente ésta, sería la que más exigiría de mí. Aún están frescas en mi corazón las palabras de una Hermana: “Vas a la casa de la misericordia, la que más exige de ti, pero la mayor exigencia será que no dejes de fijar tu mirada en Jesús. Llena de Dios, sabrás abrazar la miseria humana, eso es ser misericordiosa y, sobre todo, sabrás ser la madre de los pobres”. Muchas veces, cuando la misión se hace dura, recuerdo estas palabras.

“La Edad de Oro” es una institución dirigida y administrada por el Ministerio de Salud Pública, y alberga a 200 pacientes de ambos sexos con distintas patologías relacionadas con encefalopatías crónicas. Las edades oscilan entre los 12 y 71 años; pero por su condición frágil y dependiente en cuidados, movilidad, comprensión, comunicación, sin importar la edad que tengan, les llamamos “niños”.

Cuánto me ha sorprendido el Padre bueno regalándome la felicidad en medio de ellos. Hoy digo con alegre certeza: el lugar donde vivo es BELLO, quienes lo conocen saben de lo que hablo, no es precisamente en la limpieza y armonía donde radica su belleza. Es bello porque allí, en sus hijos más débiles, habita y se manifiesta Dios.

“Quita las sandalias de tus pies, porque el lugar en que estás es tierra sagrada...”, fueron las palabras que escuchó Moisés cuando intentó acercarse a aquella zarza que ardía sin consumirse. De la “zarza”, un arbusto silvestre y humilde, inútil y hasta despreciado, se sirve Dios como medio para su Revelación. Por la presencia de Dios el terreno queda bendito; por la fe, los pies se desnudan, para sentir el contacto de la tierra consagrada en señal de reverencia y respeto. Este es el gesto de corazón que cada día queremos vivir en nuestro trato con los pacientes y personal de servicio: descalzarnos ante el misterio de Dios latente en la vida de aquellos, que a los ojos de muchos son invisibles, no cuentan, son valorados como carga inútil o despreciados por ser diferentes.

Aunque la gran mayoría de los “niños” no pueden articular palabras, no por eso dejan de comunicarse. Fue necesario ir adaptando mis sentidos a los suyos, diferenciar en un grito la alegría del dolor, distinguir una mirada ansiosa que pide atención a una que responde al saludo de buenos días. Ha sido un aprendizaje lento. Al comienzo, todos pudieran parecer iguales y todos sus sonidos semejantes, pero se van conociendo en su personalidad única e irrepetible. Ellos también ejercen la misericordia con nosotros, enseñándonos con mucha paciencia a entenderlos, perdonando el trato brusco en algún momento o interpelándonos con sus vidas frente a lo esencial.

Cuando regalan una sonrisa, una mirada de alegría, sé que sólo por eso, sólo por hacer feliz a uno de ellos, vale la pena permanecer en esta Isla y entregar la vida porque ya en ellos se hace presente y se está cumpliendo el Reino: “Dichosos los pobres porque de ellos es el Reino de los cielos”.

Querido Papa Francisco, sirva este testimonio para reconocer toda la labor asistencial, caritativa, de misión, formación y oración a la que se entregan generosamente las comunidades religiosas femeninas y masculinas. La vida religiosa en Cuba, con sus diferentes carismas, en la acción y la contemplación, busca acercarse con “amor de misericordia” a los enfermos, niños, ancianos, discapacitados…, como reconocimiento de la dignidad de cada persona y como parte inseparable de la Buena Noticia del Evangelio, del cual, entre todos, como Iglesia, somos testigos en medio de nuestro Pueblo, confiando siempre en la guía de Jesucristo, Pastor Bueno y María nuestra Madre.

Santo Padre, ¡Bendígame!

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Por Fechas

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