En el Centro San Vicente de Paúl, de Lugo

Un mes de pastoral “importante y especial”

Me llamo Juan Enrique Hernansanz. Desde el mes de septiembre del pasado año 2015 he estado haciendo el Seminario Interno de la Congregación de la Misión en Nápoles, junto con mis compañeros, de los cuales uno ya ha escrito en esta misma web. Un año tan importante en nuestra formación lleva consigo, también, un mes de pastoral al final de la etapa que llamamos interprovincial (llamada así porque lo compartimos con personas de otras Provincias canónicas de Europa). Una pastoral, he de decir, importante, especial, y en la que aprendí ciertas cosas muy importantes para mi vida de misionero. Cosas que no se aprenden en palabras. Pero antes de adelantar lo que quiero decir, empezaré explicando en qué consiste dicha pastoral.

El destino elegido para mí fue el Centro San Vicente de Paúl para personas con discapacidad que las Hijas de la Caridad tienen en Lugo. Es un centro que cuenta con unas 72 personas con distintos niveles de discapacidad, desde absolutamente dependientes a personas que, incluso, trabajan fuera del Centro. Una Comunidad de Hijas de la Caridad atiende los distintos comedores y la enfermería, y apoya a enfermeras y cuidadores en el día a día de los usuarios. Estos son usuarios que permanecen internos, es decir, duermen y viven en el Centro, o como ellos mismos dicen a veces, "el Centro es su casa". La mayoría tienen un largo recorrido allí, y en las paredes se ven fotos suyas de hace bastantes años, aunque también se siguen admitiendo nuevas incorporaciones (yo fui testigo de una, de hecho).

El funcionamiento no es diferente del de otros Centros para este tipo de perfil, con sus enfermeros, cuidadores, psicólogos, pedagogos, fisioterapeutas y personas que les procuran un acondicionamiento físico que les permita moverse con libertad, pese a las limitaciones de movimiento de algunos de ellos. En esto se ve un gran interés de toda la plantilla en que los usuarios estén bien cuidados de forma total, tanto física como mentalmente, e, incluso, espiritualmente, dado que celebran, como todo el pueblo cristiano, la Eucaristía de los domingos.

Por mi parte, compartí la experiencia con dos Hermanos Maristas en su primer año de Noviciado (Than, de Vietnam, y José Luis, de Portugal). La Hermana Sirviente, Sor Julia, nos preparó un plan para ayudar, cada uno, en uno de los tres comedores de los que dispone el Centro. Mi comedor era el de los usuarios más dependientes, a los que en la mayoría de los casos había que darles de comer o picarles mucho la comida para no atragantarse. La Hermana ocupada de este comedor, Sor Carmen, conocía muy bien a los usuarios y me fue indicando cómo tratar con cada uno de ellos, y leer las señales de lo que me querían decir, dado que la mayoría no hablaban, o hablaban de forma muy confusa.

Después de eso y de acompañarles a las zonas comunes, estábamos con ellos, ya sea acompañando o viendo sus actividades o, a veces, proponiendo alguna nosotros mismos. Les gustaba especialmente cuando usábamos juegos o sacábamos la guitarra para cantar con ellos. También apoyábamos las salidas recreativas, a la playa y a otras áreas, que se hacían cada semana para usuarios seleccionados, acompañados también de algunas de las Hermanas (sobre todo Sor Susana y Sor Leonila) o de personas ocupadas de ello. Nos guiaron francamente bien, y, una vez más, nos ayudaron a entender a estos usuarios y cómo comunicarnos, cosa que se veía en la forma en la que ellos mismos nos buscaban con la mirada o nos pedían ayuda para ciertas cosas.

Creo que ese es mi aprendizaje más importante en esta pastoral. La forma de comunicar es muy diferente con personas con este perfil. Hay que aprender a buscar más que a esperar, aprender a leer los pequeños gestos e indicaciones e interpretar los signos ante personas que, a veces, no articulan palabras. Es exigente, te obliga a estar alerta, a permanecer en una cierta tensión calmada, a no acomodarte porque en ocasiones son impredecibles. Es necesario tener iniciativa, sobre todo con quien no va a poder expresarte claramente un "necesito esto", pero que insistirá hasta que se lo des.

Decía San Vicente de Paúl que los pobres son exigentes, y he llegado a descubrir esto en personas que no se conforman con cualquier cosa, pese a que son agradecidos con el más mínimo gesto. Es un constante darle la vuelta a la medalla, un luchar por ver en su exigencia y sus manías el rostro de Jesucristo, y lo que te pide. Y en eso reside la belleza, lo especial de esta pastoral para mí.

Tengo un formador que siempre me dijo que me faltaba iniciativa. Pues bien, no he encontrado mejor lugar para entrenarla que el Centro San Vicente de Paúl. Cada tarde en la oración, esa era mi constante reflexión: cómo, cada día, había que entrenar la decisión de hacer cosas que no te pedirían, había que responder ante lo inesperado, había que esforzarse en descubrir las señales. Como la misma Sor Julia me dijo uno de los días, citando a San Vicente, al final lo que había que hacer no es ni más ni menos que preguntarse: ¿Y qué haría Jesús?

Juan Enrique Hernansanz

Seminarista paúl

ozio_gallery_nano

Comparte

Por Fechas

Noticias lista

  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
  • 11
  • 12
  • 13
  • 14
  • 15
  • 16
  • 17
  • 18
  • 19
  • 20
  • 21
  • 22
  • 23
  • 24
  • 25
  • 26
  • 27
  • 28
  • 29
  • 30
  • 31
  • 32
  • 33
  • 34
  • 35
  • 36
  • 37
  • 38
  • 39
  • 40
  • 41
  • 42
  • 43
  • 44
  • 45
  • 46
  • 47
  • 48
  • 49
  • 50
  • 51
  • 52
  • 53
  • 54
  • 55
  • 56
  • 57
  • 58
  • 59
  • 60
  • 61
  • 62
  • 63
  • 64
  • 65
  • 66
  • 67
  • 68
  • 69
  • 70
  • 71
  • 72
  • 73
  • 74
  • 75
  • 76
  • 77
  • 78
  • 79
  • 80