La fundación de la Congregación de la Misión (C. M.) tiene su punto de partida en el “acontecimiento” de Gannes-Folleville. El “acontecimiento”, que el mismo Vicente de Paúl narra a sus misioneros en una conferencia, es, en síntesis, el siguiente: estando en el feudo de los Gondi, llaman a Vicente de Paúl al lecho de un moribundo. Éste era tenido por santo. Vicente de Paúl lo confiesa y se da cuenta de que no era tal santo, sino que no se había atrevido a confesarse por vergüenza. Vicente de Paúl descubre el abandono pastoral en que vivían las pobres gentes del campo. Vicente de Paúl interpreta este hecho como un “signo de los tiempos” a través del cual Dios le interpela fuertemente. Y el 25 de enero de ese año de 1617, fiesta de la conversión de San Pablo, en la iglesia parroquial de Folleville, Vicente de Paúl predica el primer sermón de misión. Por eso, ese “acontecimiento” y esa fecha son el embrión de la Congregación de la Misión.

Sin embargo, la Congregación de la Misión fue fundada, oficialmente, el 17 de abril de 1625. En esta fecha, los señores de Gondi firmaban con Vicente de Paúl un contrato por el que aquéllos le cedían un colegio y una pensión, y él se comprometía, junto con sus colaboradores, a misionar periódicamente las tierras de dichos señores.

Para conseguir de Roma la aprobación de su Congregación, Vicente de Paúl tuvo que sortear, durante varios años, muchos obstáculos y dificultades. Él quería que los miembros de la Congregación de la Misión no fueran religiosos, sino que siguieran perteneciendo al clero secular, aunque, para obtener estabilidad, quería que hicieran votos. Por fin consiguió la aprobación por la bula “Salvatoris Nostri”, del Papa Urbano VIII, fechada el 12 de enero de 1633, si bien el asunto de los votos -votos que por no ser públicos, no les harían religiosos- no se solucionó hasta 1655 por el Breve “Ex commissa nobis”, del Papa Alejandro VII. Así pues, la Congregación de la Misión es una Sociedad de Vida Apostólica y pertenece, en palabras de su fundador, a la “religión de San Pedro”, es decir, al clero secular, no al clero regular o religioso.

sello personal de San Vicente estampado en sus cartasLa Congregación de la Misión es conocida y denominada con varios nombres: “Lazaristas”, porque su casa matriz estuvo en el antiguo Priorato de San Lázaro, en París; “Misioneros Paúles”, en España; “Vicentinos”, en Latinoamérica; “Vincentians”, en los países de habla inglesa...

Su lema es “Evangelizare pauperibus misit me Dominus” (“El Señor me envió a evangelizar a los pobres”). Y su finalidad viene expresada por el número primero de sus Constituciones: “El fin de la Congregación de la Misión es seguir a Cristo evangelizador de los pobres. Este fin se logra cuando sus miembros y comunidades, fieles a San Vicente, procuran con todas sus fuerzas revestirse del espíritu del mismo Cristo (RC I, 3), para adquirir la perfección correspondiente a su vocación (RC XII, 13); se dedican a evangelizar a los pobres, sobre todo a los más abandonados; ayudan en su formación a clérigos y laicos y los llevan a una participación más plena en la evangelización de los pobres”.

La Congregación de la Misión se extendió muy pronto por Italia y luego por Irlanda y Polonia. Ya en vida del fundador, hubo varios intentos de introducirla también en España, aunque no tuvieron éxito. Más adelante lo consiguió el sacerdote barcelonés D. Francisco Senjust, quien logró traer de Italia una pequeña comunidad de cinco Misioneros, dos de ellos españoles, a los que aceptó por mandato pontificio el obispo de Barcelona el 5 julio de 1704. Durante el primer siglo trabajaron sólo en territorio de Cataluña y Baleares; en 1804 se establecieron en Badajoz y en 1828 en Madrid.

En la Asamblea General de 1774 se decide la creación de la Provincia de España, nombrando Visitador de la misma al P. Vicente Ferrer, Superior de la casa de Barcelona. En ese momento existían cinco casas, cincuenta y seis clérigos, veintiocho hermanos coadjutores y nueve seminaristas.

En 1902, la Provincia española de la Congregación de la Misión se divide en dos: Barcelona y Madrid. Esta última, a su vez, lo hará en tres, en el año 1969: Madrid, Salamanca y Zaragoza. Actualmente conforman la Congregación de la Misión en España cuatro Provincias canónicas: Barcelona, Madrid, Salamanca y Zaragoza. De estas cuatro, tres (Barcelona, Madrid y Salamanca) están en un avanzado proceso de reconfiguración en orden a la unión.

Las Constituciones actuales de la Congregación de la Misión -que datan de 1984- hablan muy claramente del “espíritu propio” de tal Congregación. Los artículos 4 al 8 son una descripción esquemática de ese “espíritu propio”. Así pues, el esquema podría ser el siguiente: “El espíritu de la Congregación de la Misión, fundada por San Vicente de Paúl, es el espíritu de Cristo enviado a predicar la Buena Noticia a los pobres, con un amor y reverencia hacia el Padre y un amor compasivo y efectivo hacia el pobre, y una gran docilidad a la Providencia, teniendo muy presentes las virtudes de sencillez, humildad, mansedumbre, mortificación y celo por las almas; y sabiendo que Jesucristo es la Regla de la Misión y el centro de su vida y actividad”.

La espiritualidad de la Congregación de la Misión hunde sus raíces, sobre todo y ante todo, en la manera de descubrir a Cristo que el Espíritu Santo inspiró a Vicente de Paúl. El origen de las distintas corrientes de espiritualidad surgidas en la Iglesia se debe a los diversos modos de descubrir y seguir a Cristo que han tenido algunos cristianos. En esos modos diversos de descubrir y seguir a Cristo también influyó la manera peculiar de leer los signos de su tiempo que tuvieron esos cristianos a la hora de interpretarlos como indicadores de lo que Dios les estaba pidiendo. El descubrimiento de la ignorancia religiosa y de la pobreza del pueblo campesino fue un hecho que Vicente de Paúl leyó como la llamada que Dios le dirigía a continuar la misión de Cristo evangelizador de los pobres.

La corriente que atraviesa toda la espiritualidad de la Congregación de la Misión es el misterio del Hijo de Dios enviado y encarnado para ser “el misionero del Padre”, según una expresión del mismo Vicente de Paúl. En una conferencia a los misioneros, Vicente de Paúl subraya un principio fundamental de la espiritualidad de la Congregación: “Jesucristo evangelizador de los pobres es la Regla de la Misión”. Y lo explicita: “El Hijo de Dios vino a evangelizar a los pobres; y nosotros ¿no hemos sido enviados a lo mismo? Sí, los misioneros hemos sido enviados a evangelizar a los pobres ¡qué dicha hacer lo mismo que hizo nuestro Señor!”. Podemos decir que seguir y comprometerse con ese Cristo encarnado, pobre y evangelizador-servidor de los pobres, constituye el corazón de la espiritualidad de la Congragación de la Misión.

La espiritualidad que Vicente de Paúl ha legado a la Congregación de la Misión es una espiritualidad de encarnación, es decir, la centralidad de esta espiritualidad la ocupa el Verbo encarnado. Es también una espiritualidad misionera, en el sentido más genuino del término “misionero”, es decir, una espiritualidad para la misión, para la evangelización de los pobres. Y es una espiritualidad liberadora de todo lo que oprime a los pobres “que se multiplican todos los días, que no saben qué hacer ni adónde ir”. Y, por supuesto, es una espiritualidad compasiva y misericordiosa.

Dentro de la espiritualidad vicenciana y, lógicamente, de la Congregación de la Misión, ocupan un lugar relevante cinco virtudes que, en palabras de San Vicente en las Reglas Comunes, “son como las potencias del alma de la Congregación entera y deben animar las acciones de todos nosotros” (Reglas Comunes ll, 14). Estas virtudes son, como se ha dicho al principio: la sencillez, la humildad, la mansedumbre, la mortificación y el celo por las almas. En la espiritualidad de la Congregación de la Misión, son virtudes apostólicas y misioneras más que ascéticas y de perfección individual. Es decir, están orientadas al mejor cumplimiento del fin de la Congregación. San Vicente pone a Cristo como modelo de cada una de ellas, pero a Cristo en tanto que Evangelizador de los pobres. Estas cinco virtudes de Cristo evangelizador son las que necesita la Congregación si quiere continuar su misma misión. Para ello tiene que “revestirse del espíritu de Cristo” y “usar las mismas armas que Él usó”. Además de esta orientación misionera, las cinco virtudes son necesarias para la vida fraterna de una comunidad apostólica. Ésta es otra finalidad en la que insiste San Vicente de Paúl.

Hay tres elementos que configuran la identidad de la Congregación de la Misión: “espíritu, fin y obras”. Estos tres elementos vertebran y visibilizan la espiritualidad de la Congregación, pero tienen que ir juntos y ser complementarios.