Creer y orar en la ciudad

Dios y la ciudad

En la conciencia de muchos contemporáneos existe la convicción muy arraigada de que la ciudad no es el medio más adecuado para la vida religiosa. En ello han influido, sin duda, muchos factores: el hecho de que la mayor parte de las manifestaciones de Dios que describe la Biblia han tenido lugar en el desierto, en el monte, en medio de la tormenta, en el susurro de una brisa suave; la conexión de la primera ciudad con Caín, el asesino de Abel, su hermano (Gn 4, 17-24); el episodio de Babel, la ciudad con una torre cuya cima llegase hasta el cielo, y el lugar donde Yahvé desciende para sembrar la confusión de lenguas entre los hombres; y, más generalmente, el que la ciudad haya pasado a ser el símbolo del progreso, la industria, el poder y la gloria del hombre, que el hombre ha conseguido en muchas ocasiones a costa del reconocimiento del poder y de la gloria de Dios.

En el mismo sentido ha actuado entre los cristianos el hecho de que en el lenguaje del Evangelio resuenen constantemente los ecos de la vida de Jesús en el campo y junto al Lago, y que en Jerusalén tuviese lugar el enfrentamiento de Jesús con sus enemigos y allí se consumase su pasión y su muerte en la cruz. Probablemente, en la actualidad, vengan a añadirse a todos estos factores, el malestar que provoca entre nuestros contemporáneos la deshumanización de las grandes ciudades y la inadaptación a la vida de la ciudad de las estructuras de la Iglesia, nacidas muchas de ellas en el seno de una cultura rural. Es un hecho que las migraciones del campo a la ciudad han llevado en muchos casos al abandono de las prácticas religiosas de los emigrantes.

Por eso, el ideal de la vida cristiana ha sido encarnado durante mucho tiempo por los anacoretas y los monjes, y la búsqueda de la perfección se ha orientado a la huida del mundo, a la salida de la ciudad hacia el desierto y a la búsqueda de la soledad.

A pesar de todo ello, la verdad es que la historia no justifica esta visión religiosamente negativa de la ciudad. Antes de significar confusión, Babel significa puerta de Dios, y la historia del pueblo de Dios tiene su origen y su símbolo central en la liberación de la esclavitud y la conducción por Dios, a través del desierto, a la tierra habitada, a la ciudad. A pesar de Jer 2, 2, donde el Señor reprocha a su pueblo: “Recuerdo tu amor de juventud, tu cariño de joven esposa, cuando me seguías por el desierto…”, y de Os 2, 14-20: “La llevaré al desierto y le hablaré al corazón”, no puede decirse que el Antiguo Testamento contenga el rechazo sistemático de la ciudad.

En realidad, la ciudad aparece como la suma de la habitabilidad, la posibilidad de la relación entre los dispersos y la mejor defensa del hombre contra los peligros del “descampado”, donde viven las alimañas. Por eso, la ciudad es también percibida como el monumento de lo que el hombre es capaz de hacer, y de su perfección. Por eso, la ciudad aparece también, religiosamente hablando, como adelanto y símbolo, como se dice en la Biblia de la ciudad de Jerusalén, de la Jerusalén celeste, la definitiva ciudad de Dios.

Por otra parte, si en el Evangelio resuenan los ecos de la vida en el campo, es en Jerusalén donde tiene lugar Pentecostés, porque allí tenía que iniciarse la reunión del nuevo pueblo de Dios. Y si atendemos a la primera extensión del Evangelio, ésta se produjo, sobre todo, a partir de las ciudades del Imperio, como un movimiento ciudadano. De hecho, la actividad del Apóstol de los gentiles se desarrolló casi exclusivamente por las ciudades del Mediterráneo, hasta el punto de que ha podido ser llamado “San Pablo de las ciudades”, y que, una vez que el cristianismo se impuso en el Imperio, los cristianos van a llamar a los fieles de las religiones antiguas “paganos” -de “pago”, aldea, pueblo pequeño- es decir, “gente del campo”.

¿Se puede, pues, ser cristiano en el medio inhóspito que constituye la gran urbe de nuestros días, en el clima religiosamente enrarecido que constituye la ciudad secular? Es posible que las circunstancias de las macro-ciudades actuales con sus enormes dificultades para una vida humanizada y que las condiciones de la secularización avanzada que caracterizan a las sociedades urbanas actuales estén haciendo percibir más vivamente las dificultades que comporta la ciudad para el desarrollo de la vida cristiana. Pero no debemos olvidar que de ciudades como Antioquía, aun siendo incomparablemente más pequeñas que las grandes ciudades de la actualidad, se ha podido decir que tenían una gran densidad de población y que en las ciudades antiguas no había mucho lugar para la vida privada y la soledad. Y fue en esas ciudades donde nació el cristianismo, y fue a través de las redes de comunicación creadas por las comunidades nacidas en ellas, como el cristianismo se extendió por todo el Imperio.

En realidad, se puede afirmar que la pregunta que nos hacemos nosotros: ¿Se puede ser cristiano en la ciudad?, se la han hecho desde siempre los cristianos, refiriéndose al mundo en el que vivían, del que la gran ciudad sería la condensación y el prototipo. Y es probable que la respuesta que los cristianos de otros tiempos han dado a esta pregunta, nos ayude a responder en nuestras circunstancias.

¿Puede el cristiano vivir como cristiano en la ciudad? La respuesta de los cristianos a lo largo de los siglos se mueve entre los extremos de una paradoja que siempre ha resultado difícil mantener unidos. La paradoja está perfectamente explicada en la “Carta a Diogneto”, uno de los escritos de los Padres Apostólicos: “Aunque son residentes en sus propios lugares -dice de los cristianos-, su conducta es más bien la de los extranjeros; toman parte por completo como ciudadanos, pero se someten a todo y a todos como si fueran extranjeros. Para ellos, cualquier país extranjero es su patria y cualquier patria es un país extranjero” (5, 4).

La dificultad para mantener esta tensión llevará a veces a los cristianos a romper con el mundo, a huir de la ciudad como única forma de salvar su vida cristiana, de preservar su identidad; otras, en cambio, los conducirá a una adaptación perfecta al mundo que les hace confundir la ciudad o el imperio con la realización del Reino de Dios. Pero constantemente son llamados por el Espíritu a caminar hacia la ciudad de Dios, encaminando de la mejor manera la ciudad humana hacia el ideal de la ciudad de Dios. Es decir, somos llamados a ser cristianos viviendo en la ciudad y transformándola desde la inspiración del Espíritu en la dirección del Reino de Dios.

La vocación cristiana nos urge, pues, a vivir como cristianos en la ciudad, sabiendo que ésta nunca será la encarnación perfecta de la ciudad de Dios, que sólo llegará al final de los tiempos. Por eso siempre tendremos algo de peregrinos y extranjeros. Pero nos urge igualmente vivir el cristianismo en medio de ella y colaborar con todos en su progreso verdadero, con la esperanza de que ese progreso acelerará el momento de la aparición de la ciudad de Dios.

Para quienes sienten la tentación de escapar de la ciudad como única forma de ser cristianos, escribió San Juan Crisóstomo que “quien vive en la ciudad debe imitar el desprendimiento de los monjes” y que “quien tiene mujer y está ocupado con una casa puede orar y ayunar y aprender la compunción”... y “que la negación de sí que es practicada en los desiertos debemos llevarla a nuestras ciudades” (Hom. 55). Porque, “aunque uno pueda dirigir la nave de su vida al puerto tranquilo del monasterio, la verdadera prueba tiene lugar cuando la nave penetra en el mar proceloso de la ciudad terrena” (Hom. 31).

Para quienes sienten la tentación de adaptarse al mundo y disolver su identidad cristiana en la vida mundana de la ciudad había escrito antes San Pablo: “Nuestra ciudad está en los cielos de donde esperamos a nuestro Salvador...” (Fil 3, 20); y la primera Carta de Pedro: “Os exhorto como a extranjeros y peregrinos...” (2, 11). Y como resumen de la paradoja nos había exhortado antes el Señor “a estar en el mundo sin ser del mundo” y, consciente de las dificultades de la empresa, había pedido al Padre para sus discípulos: “No te pido que los saques del mundo, sino que los preserves del mal” (Jn 17, 15).

En este marco general de la vida cristiana de un hombre que por su condición está llamado a realizarse como ciudadano, nos preguntamos por la posibilidad de creer y orar en la ciudad y las condiciones indispensables para que esa posibilidad se convierta en realidad…

Es cierto que la ciudad, y sobre todo la gran ciudad, tiene fama de ser un lugar particularmente poco propicio para el desarrollo de la vida interior y, más concretamente, de la oración. Es verdad que en ella se dan reunidas las condiciones contrarias a las que parece exigir el cultivo de la oración: el ruido permanente, el asedio continuo de todo tipo de mensajes que reclaman la atención, las grandes distancias y las dificultades de traslado, con su secuela inevitable de prisas y tensiones, la masificación y el anonimato -se ha llamado con razón a la gran ciudad la muchedumbre solitaria- que dificultan al mismo tiempo la soledad y las relaciones interpersonales, y favorecen en cambio las tensiones que fácilmente degeneran en violencia. ¡Qué lejos parecen quedar en la gran ciudad, qué difíciles resultan en ella, el silencio, el sosiego, el recogimiento, la paz indispensables para el nacimiento y el desarrollo de esa actitud contemplativa que nos parece requiere el ejercicio de la oración!

Por eso, no es extraño que cada fin de semana, cada resquicio que dejan los días de trabajo, los monasterios próximos y menos próximos a una ciudad, las casas de retiro, las casas de oración, que felizmente se han multiplicado en sus alrededores en los últimos años, acojan a grupos de personas y a personas aisladas, prófugos de la ciudad, que buscan en ellas asilo espiritual y mejores condiciones para la oración.

La verdad es que este pequeño éxodo, que se repite con ocasión de cada fiesta, se comprende sin dificultad. A él empujan, a quienes lo emprenden razones de salud: búsqueda de aire puro que tanto necesitan los que padecen toda la semana un medio contaminado; la necesidad de silencio, sosiego y descanso que permita relajar las tensiones creadas por la preocupación y la prisa; la búsqueda de la soledad y, en muchos casos, una necesidad genuinamente religiosa que no encuentra modo de satisfacerse en la forma de vida que impone la gran ciudad.

Tal éxodo, además, se justifica. Lo justifican los resultados que experimentan las personas que lo emprenden. Apenas han deshecho el ligero equipaje y se han instalado en la pequeña celda o han dado su primer paseo por el campo, se sienten otros: rostro distendido, respiración profunda, mirada contemplativa, disposición para la escucha y el diálogo y una actitud de la que fluye casi naturalmente esa oración que todo parece dificultar en la vida de la ciudad. Lo justifica también el ejemplo del Señor que, después de jornadas agobiantes de predicación y de servicio, aparece en el Evangelio retirándose a un lugar apartado para orar (Mc 1, 35).

Pero, explicándose la salida más o menos frecuente de la ciudad de no pocos cristianos para orar, la solución al problema de la oración para los cristianos que vivimos en una ciudad, no puede estar exclusivamente en la salida periódica de la ciudad. En primer lugar, porque no todos los cristianos que viven en ella tienen esta posibilidad en su mano y a todos en cambio se nos ha dado ese precepto -que no es otra cosa que el recuerdo y la expresión de una necesidad vital- de orar y de orar siempre (Lc 18, 1; 1 Tes 5, 17). ¿Cómo podrían orar los padres de familia que no pueden dejar a sus hijos de corta edad ni llevarlos consigo a esos lugares de retiro? ¿Cómo podría orar esa inmensa mayoría de cristianos sin los recursos económicos necesarios para el pequeño lujo de una salida periódica a esos oasis espirituales que las congregaciones religiosas y las diócesis han ido estableciendo junto a los desiertos de las ciudades?

La solución no puede estar ahí, además, porque esto supondría que la mayor parte de la vida, la vida diaria que es la que más lo necesita, se vería privada del recurso indispensable de la oración. La respuesta a la dificultad que las ciudades suponen para la vida cristiana y la oración de quienes vivimos en ellas está más bien en aprender a orar en la ciudad.

Porque es posible que la ciudad sea una forma moderna de desierto, es decir, de suma de las condiciones en las que no se puede vivir; pero también en el desierto se da al profeta el pan y el agua que necesita para hacer su travesía (1 Rey 19, 6); también el desierto es para el pueblo de Dios el lugar de la visita de Dios (Gn 18, 116), de su teofanía (Ex 19, 16), del encuentro con El y de la visita de sus ángeles (Mt 4, 11).

El papa Francisco, sin dejar de referirse a los lados oscuros de nuestras ciudades, nos invita en Laudato si, (nn. 71-75), a reconocer la ciudad “desde una mirada contemplativa, esto es, una mirada de fe que descubra al Dios que habita en sus hogares, en sus calles, en su plazas”. La Presencia de Dios, a la que responde la actitud creyente, “acompaña las búsquedas sinceras que personas y grupos realizan para encontrar apoyo y sentido a sus vidas. Él vive entre los ciudadanos promoviendo la solidaridad, la fraternidad, el deseo de bien, de verdad de justicia”. Recordemos la expresión de un autor francés que pasaba por no creyente: “No busques a Dios en ningún lugar que no sea todas partes”, ni -podríamos añadir- en ningún momento que no sea todos los tiempos. “¡Señor, Dios mío!, exclamaba san Juan de la Cruz, no eres tu extraño a quien no se extraña contigo; ¿cómo dicen que te extrañas tú?”. De ahí que la presencia de Dios sea universal y permanente y que la relación con él pueda ser vivida en todas las circunstancias.

Puede, eso sí, suceder que determinadas circunstancias o situaciones de las personas faciliten o dificulten la toma de conciencia de esa Presencia. Madeleine Delbrêl, según el cardenal Martini una de las más grandes místicas de nuestro tiempo, se quejaba ante Dios: “Dios mío, si tú estás en todas partes, ¿cómo es que yo estoy siempre en otro lugar?”. Pero justamente su vida es el testimonio más convincente de que se puede encontrar a Dios y responder a su Presencia en un barrio obrero de París como Ivry, prototipo de lo que tendríamos por una ciudad secularizada de nuestro tiempo. “Nosotros, hombres de la calle, escribe esta modelo de cristiana en la gran ciudad, creemos con todas nuestras fuerzas que esta calle, ese mundo en el que Dios nos ha puesto es para nosotras el lugar de nuestra santidad”… “Creemos que nada necesario nos falta, porque si eso necesario nos faltase, Dios ya nos lo habría dado”.

Porque, volviendo al texto del papa Francisco: “Dios no se oculta a aquellos que lo buscan con un corazón sincero”. Y “su presencia no debe ser fabricada, sino descubierta, desvelada” por la mirada de una persona atenta a los incontables indicios que deja en la persona y la vida de los humanos. Por más secularizada que aparezca, “una cultura inédita late y se desvela en la ciudad”. Y el problema para los creyentes que viven en ella será ahondar suficientemente la propia mirada para llegar a ese fondo último en el que habita el Dios que, sin dejar de ser Misterio, “más elevado que lo más elevado de nosotros mismos”, es a la vez “más íntimo a nosotros que nuestra propia intimidad” (San Agustín).

En cuanto a “orar”, si por orar entendemos, no la simple recitación de oraciones o tomar parte en actos de culto, sino ejercer el centro de la vida cristiana, la relación teologal, poner en práctica la fe, la esperanza y el amor, encarnándolas en pensamientos, palabras, gestos y silencios que desgranen, al ritmo de las horas en las difíciles circunstancias de la vida en la ciudad, la toma de conciencia, la aceptación agradecida, el reconocimiento maravillado de esa Presencia amorosa que origina nuestra existencia y desde la cual discurre la corriente de nuestra vida; si por orar entendemos, pues, no un acto más de la vida cristiana, sino la puesta en ejercicio, la actualización de la actitud creyente de la que surge, en seguida percibiremos que esa actitud transforma de tal manera la mente, el corazón y la persona toda del creyente que le hace capaz de “perforar” la capa de cemento que parece constituir la vida en la ciudad y hacer aflorar en ella el manantial del agua de la vida de Dios que nada en el mundo puede cegar.

Así, pues, el problema parece consistir, sobre todo, en aprender a orar, realizar el ser creyente, vivir la vida cristiana, en la ciudad.

Atento a las señales de Dios, el hombre urbano está llamado a descubrir formas nuevas o renovadas de oración. Y, en primer lugar, la oración de intercesión. Los lloros del niño pequeño del vecino, los gritos de la disputa familiar, los ruidos de la moto del joven, el “escándalo” de la sala de fiestas cercana pueden distraer los rezos del cristiano o de la comunidad que está intentando orar. Pero también pueden dar a esa oración un contenido precioso. Pueden convertirse en objeto de súplica de intercesión que mueva a transformar las circunstancias en las que viven. Y en la tradición judía se ha dicho muy bien que “las oraciones que el cielo antes escucha son las que dirigimos por los demás”.

Nuestras propias dificultades, los problemas, a veces agobiantes, que nos supone la vida en la ciudad, pueden ciertamente perturbar la paz que tanto anhelamos como condición para orar. Pero en ningún sitio está dicho que el hombre agobiado, el interiormente tenso, el que está lleno de miedo o de preocupaciones tenga que esperar a haber superado todas esas dificultades para ponerse en la presencia de Dios. Al contrario, el Evangelio nos asegura que Jesús llama a sí, precisamente a los agobiados por toda clase de cargas, para aliviarlos de ellas (Mt 11, 28). Y en una vida que comporta todos esos inconvenientes no sería bueno necesitar escapar de ellos para poder orar. Lo ha dicho también la tradición judía: “La oración que no refleja la condición humana, sus angustias y sus penas, el cielo la rechaza: es una oración muerta”. Jesús, por su parte, oró en la pasión que le fuera evitado el cáliz y en la cruz se quejó delante de Dios de su abandono.

Sobre todo, la vida de la ciudad, esa gran nave en la que todos sus habitantes se encuentran embarcados, ese gran proyecto común, esa gran tarea solidaria, invita al creyente a acentuar, en el ejercicio de su fe que es la oración, el compromiso por la justicia, y la práctica del amor, sin los que esa fe y esa oración serían palabras vanas. La atención a las desgracias de los hombres, con los que se convive, convierte la invocación al Padre común en una terrible exigencia. “La oración que no intenta mejorar -en todos los aspectos- la comunidad de la que surge, no merece ese nombre” (E. Wiesel). Y esa mejora supondrá de ordinario la movilización de no pocos recursos y de todos los esfuerzos del cristiano que ora.

Es probable que al monje todo le esté ayudando constantemente a orar. Al cristiano que vive en la ciudad, ciertamente no. Por eso necesita levantar en su vida urbana diaria el pequeño “monasterio virtual” que le ayude a orar. Las muchas actividades que suele comportar la vida en la ciudad, puede conducir a muchas personas a la falta material de tiempo para la oración. No caigamos entonces en la trampa de consolarnos diciéndonos a nosotros mismos que todo puede ser oración. Porque lo normal es que si no reservamos unos momentos sólo para orar, terminaremos por no orar en absoluto. Y recordemos: “No orar no es un pecado; es un castigo” (E. Wiesel). O una desgracia. Sobre todo para quien, en la masa de la ciudad, vive solitario y en la oración tiene la posibilidad de vivir en la mejor compañía.

La gran ciudad necesita tanto como parques y jardines, espacios verdes para la escucha, el diálogo, la convivencia... y la oración. Y ya va siendo hora de que los responsables de la pastoral, las congregaciones religiosas, la Iglesia en su conjunto caigamos en la cuenta de esta necesidad y habilitemos espacios, momentos y ocasiones para la práctica de la oración personal y comunitaria. Pero cada creyente está también llamado a la habilitación de esos espacios verdes en la propia vida. La imagen preferida, el icono, el pequeño cirio pueden convertir el rincón más insignificante en un espacio que ayuda a la oración.

Ciertamente, ya no es el tiempo de los devocionarios con fórmulas para ser repetidas rutinariamente. Pero la Biblia, sobre todo muchos de sus salmos, o el Nuevo Testamento, el Libro de las Horas, esas fórmulas de oración con las que han rezado generaciones enteras de cristianos: “¡Dios mío, mi todo!”; “Solo Dios basta”; “Tomad, Señor y recibid toda mi libertad…”; “…Concédeme cumplir siempre tus mandamientos y no permitas que jamás me separe de Ti”; “Vuestra soy, para Vos nací, ¿qué queréis hacer de mí…?”, pueden prestar a quien reconoce humildemente que necesita ayuda, un alimento, un aliento, una luz que despierte y provoque nuestra oración personal.

Nada nos ayudará tanto, sin embargo, como la ayuda fraterna. Creando, por ejemplo, pequeños grupos de oración. Se hace difícil de entender que unos cristianos vivan en común por razones familiares, de trabajo, de formación, o de servicios comunes en una comunidad cristiana y no se reúnan, de vez en cuando al menos, para orar. Nada ayuda tanto a orar y a creer como compartir la fe y la oración con las personas con las que se comparte el trabajo, la formación o la vida. En la gran ciudad, donde abunda y predomina culturalmente la increencia, se padece muchas veces el ocultamiento, el eclipse de Dios. La necesidad de Dios que llevan dentro sin tal vez saberlo, les hace preguntarse a los agnósticos, indiferentes, ateos, dirigiéndose a los creyentes: ¿dónde está vuestro Dios? Personas y grupos orantes, si oran con autenticidad, pueden constituir pequeñas lucecitas que brillen en la noche y orienten incluso a los no creyentes hacia el camino de una respuesta personal.

Orar en la ciudad puede así convertirse en una forma excelente de anunciar calladamente el Evangelio, de evangelizar de la forma más auténtica en la ciudad.

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Creer y orar en la ciudad

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Fecha Modificación : 2017-04-26 19:36:34


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