Tres miradas sobre María

María
-- Anda, José, recuérdame otra vez aquellas historias de los patriarcas soñadores que me gustan tanto...

Le había contado una vez a María la narración del sueño de Jacob en Betel y también el de José, el hijo de Jacob y Raquel, y ella había comentado:

-- Me gusta que Dios les hablara en sueños, es como decir que es sólo con la sabiduría del corazón como podemos conocerle y no cuando confiamos sólo en nuestra inteligencia. Pienso que él se comunica con nosotros cuando renunciamos a entenderle del todo y a saber los cómos y los porqués de lo que él hace... Por eso dice cosas en sueños, para recordarnos que lo mismo que al dormirnos nos abandonamos y nos despreocupamos de todo, es así como podemos escucharle. Una vez le oí este proverbio a mi padre: “Atiende al consejo de tu corazón, nadie te aconsejará mejor que él. El corazón avisa de la oportunidad más que siete centinelas en las almenas” (Sir 37, 13-14).

Yo tenía mis reservas acerca de la conducta de Jacob: me escandalizaban secretamente sus mentiras y sus trampas y me parecía un poco injusta y desproporcionada la predilección de Dios por alguien que había vivido sin rumbo, como arrastrado por los acontecimientos. Admiraba en cambio a Moisés que había hablado con el Señor cara a cara, y había recibido la certeza de la Ley y de su propia misión.
Cuando se lo confesaba a María, ella se reía y decía:
-- “¡Ay! José, José, ¡cuántas veces te oigo hablar de la Ley y de sus claridades! Y se te olvida que el Señor venía también a encontrarse con Moisés envuelto en la nube..., y me parece que antes de guiar al pueblo era él mismo el guiado… Y en cuanto a Jacob, ¿no me dijiste tú que oraba al Señor diciendo: ‘¡Soy yo demasiado pequeño para tanta misericordia y tanta fidelidad como has tenido conmigo!’ (Gen 32, 11) ¿No te parece que Dios le quería tanto precisamente por decirle eso, en vez de pedirle que se fijara en lo intachable de su conducta, como hacen hoy esos fariseos tan seguros de estar cumpliendo la Ley?”.

Como yo no me dejaba convencer fácilmente, ella cambiaba de tema:
-- “Bueno, pues repíteme por lo menos cómo bendijo Jacob a José cuando reunió a sus hijos antes de morir”.

Y yo recitaba:

“José, retoño fértil,
retoño fértil junto a una fuente,
sus ramas escalan el muro.
Lo enfurecieron al dispararlo,
los arqueros lo hostigaban.

Pero su brazo permanece firme,
sus brazos y manos ágiles
gracias al auxilio del Fuerte de Jacob,
del Pastor y Roca de Israel.

Que el Dios de tu padre te ayude,
que el Dios poderoso te bendiga
con bendiciones del cielo
y bendiciones del abismo,
bendiciones de pechos
y senos maternos.

Las bendiciones de tu padre,
mejores que las de los montes divinos,
que las delicias de los collados eternos,
caigan sobre la cabeza de José,
sobre la cabeza del elegido de sus hermanos” (Gen 49, 22-26).

Un día le comenté cuánto me enorgullecía llevar el mismo nombre de alguien a quien se recuerda como un “retoño fértil junto a una fuente”, y que me sentía dichoso de que ella fuera la fuente que yo había tenido la suerte de encontrar. Le alegraron mis palabras y luego añadió:

-- “¿Te has fijado, José? Ni la firmeza de su arco ni la agilidad de sus brazos eran cosa suya, todo fue obra del Fuerte de Jacob, del que es el Pastor y la Roca de Israel... Pienso que lo importante no es nuestro esfuerzo ni nuestra iniciativa, ni siquiera las obras de nuestra justicia, sino confiar en su ayuda y en su bendición y en el nombre que él quiere darnos”.

Y luego repitió: “Que el Dios de tu padre te ayude, que el Dios poderoso te bendiga...”.
Otro día hablábamos de la lectura de Isaías que había escuchado en la sinagoga:

“Saldrá un retoño del tronco de Jesé,
un vástago brotará de sus raíces.
Sobre él reposará el espíritu del Señor.

No juzgará por apariencias
ni sentenciará de oídas.
Juzgará con justicia a los débiles,
sentenciará a los sencillos con rectitud...” (Is 11, 1-4).

Le dije:
-- Mira, María, yo sólo soy un carpintero y ya conoces la pobreza de mi casa, pero mi familia desciende de Jesé, el padre de David y me alegra pensar que nuestros hijos estarán orgullosos de saber quién fue su antepasado.

Ella contestó:
-- “¿Sabes en qué estoy pensando? En lo que decía también Isaías y que escuché una vez detrás de la celosía de la sinagoga:

“No recordéis las cosas pasadas,
no penséis en lo antiguo.
Mirad, voy a hacer algo nuevo,
ya está brotando ¿no lo notáis?” (Is 43, 18-19).

No te enfades conmigo, pero me parece que lo de David ya se ha quedado viejo y que ahora el Señor está queriendo hacer algo nuevo del todo... Y me gustaría saber qué dice Isaías justo antes de lo del tronco de Jesé... ¿Te acuerdas tú?”.

Me desconcertó su pregunta y como no supe contestársela, se la hice al rabino de la sinagoga y él me leyó directamente del rollo de Isaías:

“El Señor todopoderoso desgaja con estruendo las copas de los árboles;
las ramas más altas están cortadas,
las elevadas van a caer.
Cae bajo el hacha la espesura del bosque,
se desploma el Líbano con todo su esplendor....” (Is 10, 33-34).

Cuando se lo repetí a ella, vi que se le iluminaba la mirada, como si aquello le confirmara algo de lo que estaba convencida:
-- “¿Lo ves, José? El retoño le nace al tronco precisamente cuando ya no se podía esperar nada de él, cuando era un tocón estéril que sólo parecía servir para ser echado al fuego...Y eso es lo que hace el Señor con nosotros: nos visita con su gracia y su misericordia cuando ya no confiamos en nuestra propia savia ni en nuestras propias cualidades o merecimientos, ni siquiera en nuestra propia justicia, esa que a ti te importa tanto... Porque cuando se acaban nuestras posibilidades, es cuando empiezan las suyas. ¿Te has fijado en que no es un ejército de hombres armados quienes tienen a raya a esos lobos, leones y panteras de que habla el profeta? ¡Es un niño pequeño quien los pastorea...!”.

“Anda, José, vamos a rezar juntos al Señor para que nos envíe pronto su Mesías, ese que viene a defender a los débiles y a hacer justicia a los sencillos y a pedirle que a nosotros nos llene de su conocimiento, como las aguas colman el mar...”.

Todos esos recuerdos se agolparon en mi memoria cuando supe que ella estaba esperando un hijo. Entre los dos se interpuso un muro de silencio y yo supe que mi vida era arrancada con violencia de la proximidad de aquella fuente que alegraba mi vida. Sobre mi cabeza ya no descansaba la bendición sino una nube oscura de angustia y desolación. Me sentí seco, como un árbol a quien le han desgajado las ramas y talado el tronco, hasta dejarlo arrasado y baldío.

Y fue sólo después de muchos días de insomnio cuando recordé las palabras de María: “Dios se comunica con nosotros cuando renunciamos a entenderle del todo y a saber los cómos y los porqués de lo que él hace...”.

Esa noche traté de abandonar mi ansiedad en sus manos y entonces llegó la Voz en medio del sueño: “José, hijo de David, no temas recibir a María en tu casa pues lo que ha concebido es obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo a quien llamarás Jesús” (Mt 1, 20-21).

Me desperté al amanecer y las primeras palabras que vinieron a mi corazón (¿no es ahí donde, según María, Dios nos habla...?) fueron: “Aquí estoy, aquí me tienes”, y recordé que era lo que habían dicho Abraham y Moisés y también Isaías. Algo nuevo había retoñado en mí, aunque no sabía bien ponerle nombre. Quizá era que estaba comenzando a dejar atrás mis propios planes y a dejarme guiar por el Pastor de Israel. O que mi preocupación por ser justo dejaba paso a la alegría de saberme bendecido. O que estaba experimentando que la seguridad del Fuerte de Jacob era más firme que mi propia fortaleza.

Estaba siendo conducido más allá de mis saberes para entrar en el misterio de una sabiduría que me desbordaba, y la gratuidad de Dios llamaba a mi puerta. Decidí abrirla de par en par, sintiendo que mi padre David se quedaba atrás y que yo comenzaba a pertenecer a la estirpe anónima de los que Dios elige para ser los hombres de su confianza.

El me llama a participar con él en algo tan grande como dar nombre a ese niño, pensé, un niño que es fruto del Espíritu. Crecerá a mi sombra y yo lo defenderé del bochorno y de la oscuridad, como la nube que acompañó a nuestros padres por el desierto. Y le enseñaré mi oficio para que llegue a ser el mejor carpintero de Nazaret…
Me dirigí a casa de María y, cuando me abrió la puerta, me miró gravemente a los ojos y dijo sonriendo:

“Que el Dios de tu padre te ayude,
que el Dios poderoso te bendiga.
Que sus bendiciones
caigan sobre la cabeza de José,
sobre la cabeza del elegido entre sus hermanos”.

No fui capaz de decir nada en aquel momento, pero el día en que me la llevé a mi casa, cuando al atardecer nos pusimos a orar juntos, elegí las palabras de Jacob:

“Soy yo demasiado pequeño
para tanta misericordia y tanta fidelidad
como has tenido conmigo”.

La luz vacilante de una candela dentro de la gruta nos hizo saber dónde estaba la señal que andábamos buscando: un niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre. Conozco bien los alrededores de Belén desde que comencé a trabajar como pastor, después de que una racha de malas cosechas me dejara arruinado. Procedo de una familia acomodada y religiosa en la que aprendí la tradición y las oraciones de nuestro pueblo, pero cuando llegué a Belén con las manos vacías y me vi obligado a pasar las noches al raso, pensé que Dios me había abandonado y no volví a rezar nunca más.

Me habitué a la vida ruda de unos pastores con los que ahora iba en busca de la extraña señal anunciada, conscientes de lo desconcertante de nuestra decisión. “Ha sido un sueño”, decían algunos; “a veces la luna llena juega malas pasadas…”; “un niño recién nacido no puede ser señal de la presencia del Altísimo”, decían otros; “¿cómo podéis creer que vamos a ser precisamente nosotros los primeros en saber la llegada del Mesías?”, añadían los más escépticos.

Duró el resplandor que nos había cegado, todo parecía evidente, pero ahora estábamos de nuevo en medio de la oscuridad de una noche heladora y el júbilo del anuncio escuchado comenzaba a desvanecerse como el rocío al amanecer.

Fueron mis palabras las que lograron convencerles: “De joven aprendí algo de las Escrituras y recuerdo las palabras de un profeta: ‘Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado…’ (Is 9, 5). Y además, ¿cómo explicar esta alegría desmesurada que nos ha invadido y que ha arrastrado nuestros temores con la fuerza de un huracán?”.

Cuando entramos en la cueva vimos en la penumbra a una mujer muy joven recostada sobre un haz de heno y, junto a ella, un hombre que debía ser su esposo y que se afanaba por encender fuego. El niño, apenas un envoltorio minúsculo encima del pesebre, estaba dormido. Percibí una serenidad tranquila en ellos, inesperada por lo inhóspito del lugar. Les ofrecimos pan y un cuenco de leche, y ellos nos dijeron sus nombres y nos contaron que venían desde Nazaret para inscribirse en Belén. No habían encontrado sitio en la posada y, ante la inminencia del parto, se habían refugiado en aquel establo.

Los pastores somos gente más habituada al silencio que a las palabras, pero había algo en ellos que nos invitaba a la confianza, y yo me atreví a expresar con brusquedad las preguntas que llevábamos dentro todos: “¿Por qué la claridad de Dios nos ha envuelto precisamente a nosotros, tan alejados de él y tan olvidados de los mandamientos de su ley? ¿Quién va a creer de labios de esta gente perdida y rechazada que somos el anuncio de que la complacencia y la ternura de Dios abrazan a todos? ¿Y cómo es posible que la señal del Mesías que todos esperan sea un niño nacido en un lugar como este?”.

Cuando terminé de hablar, María dijo algo sobre guardar las preguntas y los acontecimientos en el corazón y esperar como espera la tierra la llegada de la lluvia. Y yo recordé un proverbio de nuestro pueblo: "Hijo mío, cuida tu corazón porque en él están las fuentes de la vida" (Pr 4, 23), y pensé que ella vivía en contacto con su propio corazón, como un árbol plantado junto a corrientes de agua.

Fue entonces cuando, inesperadamente, se levantó y tomando al niño, lo puso en mis brazos. Hoy soy ya viejo, pero no he podido olvidar lo que me fue revelado aquella noche: aquel puñado de hombres insignificantes y excluidos éramos el pueblo que caminaba en tinieblas y había visto una luz grande; habíamos pasado de la sombra y el frío al espacio cálido de un hogar. Nos había nacido un niño, se nos entregaba un hijo, Dios venía a nuestro encuentro, precisamente porque éramos los últimos de su pueblo. El niño sobre el pesebre representaba el destino mismo de Dios, un Dios que plantaba su tienda junto a los más pobres y perdidos, un Dios sin palabra, desarmado e inútil que comenzaba a llamarse Emmanuel, “Dios-con-nosotros”.

Junto a María aprendí aquella noche a pronunciar el nombre que le revelaba como inseparable de nuestras fatigas y lágrimas, de nuestras oscuridades, esperanzas y preguntas. Estaba como nosotros a la intemperie, entraba en nuestra historia como uno de tantos y por eso se le cerraban las puertas y carecía de techo y de privilegios. Esta era la señal: el Salvador, el Mesías, el Señor, descansaba ahora entre los brazos torpes de un pastor.

“Voy a hacer pasar delante de ti todo lo mejor que tengo” (Ex 33, 19), había prometido Dios a Moisés en el Sinaí. Aquella noche de Belén, en una de sus grutas, lo mejor de nuestro Dios: su misericordia entrañable, la ternura de su amor, la fuerza de su fidelidad, se manifestaba por primera vez entre nosotros. El Dios que se había revelado en la tormenta del monte, envuelto en la nube, mostraba ahora su rostro y hacía descansar su gloria en la fragilidad de un niño. En medio de la oscuridad de la noche sentí en lo hondo de mi corazón, como un susurro ángeles, la certeza de estar envuelto en la paz que Dios concede gratuitamente a todos los hombres y mujeres que él quiere tanto.

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Tres miradas sobre María (Textos para meditar), de Mª Dolores Aleixandre

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Fecha Creación : 2015-12-03 17:54:18
Fecha Modificación : 2015-12-03 17:54:18

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