Una navidad que nos encante

En la Navidad no sólo recordamos que Dios vino hasta nosotros en Jesús de Nazaret. Celebramos también que sigue llegando a nuestra realidad, pues “Dios estaba en Cristo reconciliando el mundo consigo” (2 Cor 5,19), y hoy sentimos la necesidad lacerante de reconciliar muchas dimensiones personales y sociales que nos desgarran.

Contemplamos al Hijo de Dios nacido en las “afueras” de Belén, para descubrir qué es lo que hoy nos quiere decir esa presencia siempre viva y actual, por dónde pasa en este momento concreto esa fuerza de reconciliación y de reencantamiento de la existencia que nos trajo Jesús y que sigue fluyendo desde Dios hasta todos nosotros sin receso y sin exclusión ninguna.

Al mirar a Jesús recién nacido en la pobreza y desplazado fuera de las pequeñas comodidades preparadas para él por María y José en Nazaret, ya no podemos apartar de nuestros sentidos a todos los otros niños y personas que están hoy en una situación parecida. Al lado de ellos se situó Jesús desde el primer momento de su vida, y al lado de ellos sigue. En un mismo golpe de vista, los vemos a todos en el mismo paisaje. Ellos son la situación humana que nos permite entender mejor la profundidad del descenso del Hijo de Dios para ofrecernos la liberación, en una relación de insuperable cercanía. Ellos nos ofrecen el lenguaje y la geografía para hablar hoy de Jesús como novedad que llega hasta nosotros.

Todos asistimos asombrados a los éxodos individuales, familiares o étnicos que se producen en nuestro tiempo. La emigración expelida por la pobreza del Sur y succionada por las imágenes de la abundancia del Norte, los países rotos de Europa del Este, que en parte se han dispersado por la Europa occidental, los desplazamientos internos de las grandes naciones del Sur pobre por razones económicas o por las guerras étnicas de exterminio, nos muestran una población a la deriva, des-centrada, que busca un nuevo reajuste para poder sobrevivir.

En Belén, lugar teológico del nacimiento de Jesús, fueron sorprendidos por el parto María y José cuando tuvieron que ponerse en camino por orden del Imperio. Viajaron en circunstancias difíciles, pues María ya estaba en estado avanzado de gestación. Además, llegados a Belén, para ellos no había sitio en la posada y tuvieron que refugiarse en una cueva de animales en las afueras de la ciudad (Lc 2, 7). Dios quiso que su Hijo naciese en la incertidumbre de la pobreza.

Jacky Mamou, Presidente de Honor de Médicos del Mundo, expresaba recientemente que existen en el mundo 22 millones de niños refugiados o desplazados por causa de la violencia (Le Monde Diplomatique). Es sólo un dato vertiginoso de la profundidad del problema de la infancia pobre en el mundo.

Pero en la escena del nacimiento de Jesús, tal como nos lo presenta el evangelio de Mateo, a este dato del nacimiento en Belén, se añade la matanza de los inocentes por Herodes y la huida clandestina a Egipto, “de noche” (Mt 2, 14), de María y José. Esta matanza cuadra bien con Herodes, un hombre sanguinario. Al desplazamiento hasta Belén por una orden del poder imperial, añade Mateo el de la persecución y la huida a Egipto por orden del poder judío. Jacky Mamou, en el mismo artículo, afirma que en la guerra de Ruanda fueron eliminados en pocas semanas 250.000 niños. Los niños no sólo padecen la violencia, sino que están siendo entrenados en muchos países para participar de la violencia de los adultos. Los “niños soldados” son actualmente más de 300.000. Se les captura desde pequeños, y en un ambiente mágico-religioso, con la ayuda de drogas y todo tipo de coacciones, se les condiciona para que avancen delante de los soldados en los terrenos minados. Los entrenan para torturar y matar. A los que pasan la prueba les asignan un arma ligera de las que se ofertan actualmente en el mercado. Los intentos para marcar estas armas de manera que se les pueda seguir la pista en su distribución en los mercados internacionales han resultado fallidos.

A la luz de estos datos contemplamos hoy el nacimiento de Jesús, que nos revela la solidaridad de Dios con las víctimas, y de una manera especial con los niños pobres del mundo, sometidos a desplazamientos que los desarraigan y condenados a vivir durante toda la vida con los recuerdos de la sangre y del horror.

El nacimiento entre los pobres marca a la persona de Jesús para toda la vida. No es un dato externo, sino que el Hijo de Dios aprenderá a ver la sociedad desde el “abajo” y el “afuera” marginado del mundo. Desde esa proximidad con los pobres se formará la persona en la que podemos saber cómo es el Dios en quien creemos y cuál es el mensaje que nos trae. Juan afirma que “la palabra de Dios se hizo carne” (Jn 1, 14). “Carne” tiene aquí el significado de debilidad. Jesús fue una persona sometida a la debilidad de toda existencia humana, fue realmente un ser humano como nosotros, se hizo uno de nosotros. Pero “los suyos no lo acogieron” (Jn 1, 11). Pablo radicaliza la afirmación de Juan: “se vació de sí y tomó la condición de esclavo” (Flp 2, 7). No fue un hombre más, sino un esclavo que fue ejecutado en la cruz, con la muerte propia de los hombres de ínfima calidad en el imperio romano. La solidaridad de Dios con los últimos, contemplada ya desde el nacimiento, es un dato irrefutable de los evangelios, como también lo es el rechazo que Jesús experimentará en su vida de profeta que anuncia la llegada del reino de Dios. Dios aparece en una existencia sin poder social, que no se impone, sino que presenta en su propia persona vulnerable la cercanía salvadora de Dios para todos, sin exclusión alguna. En la existencia “expuesta” de Jesús, encontramos la “propuesta” de Dios. No podemos acercarnos a Belén con nuestras ideas preconcebidas sobre un Dios omnipotente, para ver si Jesús cuadra con ellas. Es todo lo contrario. Nosotros nos acercamos a Jesús para descubrir cómo es Dios. En Jesús, Dios se nos revela cercano, expuesto, pobre y humilde. Éste es el Dios de Jesús. A lo largo de su vida, Jesús se irá explicitando a sí mismo como Palabra de Dios encarnada en sus acciones, signos y palabras. Dios no ha querido ser simplemente una palabra que se escucha, como nos había hablado antes por medio de los sabios y profetas del Antiguo Testamento, sino una vida que se encuentra, que es percibida por todos los sentidos como proximidad llena de ternura, que habla al corazón, a la fantasía y a las dimensiones más misteriosas y dinámicas de la persona, que sólo se despiertan cuando se encuentran dos personas que se comunican y se aman.

Dios creó la vida desde el caos y la tiniebla por la Palabra y por el Espíritu. Con su Palabra, Dios fue llamando por su nombre propio a cada criatura para que saliese a la existencia, haciéndolas a todas únicas y diferentes. Por su Espíritu, todos hemos recibido el mismo aliento de Dios que nos une desde nuestras últimas raíces (Gn 1, 1-31) y que posibilita que todos, con todas nuestras diferencias, dialoguemos y nos construyamos en el encuentro. Todos somos originalidades orquestadas en la misma melodía del Espíritu. Llegada la plenitud de los tiempos, Dios se comunica con nosotros de una manera más explícita para revelarnos la salvación que nos ofrece, que ya está corriendo por las venas de la historia y que es mucho más honda que nuestros pecados y sufrimientos. Y se hace una persona humana que es, toda ella, su Palabra. Dios cabe en nuestra historia y en una vida humana, porque la vida de cada persona está abierta desde siempre al Dios ilimitado. Jesús es la vida abierta a Dios sin interferencia alguna, y por eso mismo es la vida humana llevada a su máxima expresión. Jesús nos propone un diálogo con Dios que ya se realiza dentro de él en plenitud. Para ser realmente uno de nosotros, tenía que entrar en nuestra historia naciendo de una mujer que lo acogiese y lo amase incondicionalmente antes de existir, uniendo su destino al de su hijo, pasase lo que pasase con su vida. Por eso Dios no puede imponerse. Dialoga con María y le pide permiso. Y el diálogo es asombroso: María es una pobre y joven virgen, campesina de Nazaret, un pueblo pequeño de la Galilea desprestigiada por su contaminación religiosa. Sólo desde el diálogo puede Dios hacer una propuesta salvadora que respete la libertad de María, que nos respete a todos en nuestra humanidad. Sólo en el diálogo con Dios puede verse María en los ojos de Dios y descubrir en ellos toda su dignidad, porque, mientras se mirase sólo en los ojos de sus vecinos de Nazaret, aquella joven sólo podía verse como un ser insignificante, marginado por su condición de mujer, de joven y de pobre. En la visita a su prima Isabel, María dirá que el Señor la ha mirado (Lc 1, 48), y ella se ha encontrado a sí misma en esos ojos. María no desaparece absorbida en la experiencia religiosa de la anunciación, perdida su capacidad de diálogo con Dios, y expone su dificultad: “¿Cómo sucederá eso, si no convivo con un varón?” (Lc 1, 34). La imposibilidad de María será la posibilidad de Dios. El Espíritu Santo llegará hasta María. Por eso el descendiente de María será llamado “Hijo de Dios” (Lc 1, 35). María es pura acogida de la obra de Dios, de tal manera que su hijo será plenamente de lo alto, y al mismo tiempo será plena entrega de todo lo que ella es, y Jesús será también plenamente de la tierra. La palabra de Dios no se encarna sólo en el sí de María. La genealogía de Lucas parte del mismo Adán. Toda la historia humana está orientada hacia Jesús desde su inicio, y desde él llega la salvación a todos los siglos pasados y futuros. La genealogía de Mateo se remonta hasta Abrahán, pues Jesús se encarna en la historia de la fidelidad de Abrahán y de sus descendientes. En ese pueblo recibirá Jesús su identidad de judío y una tradición que él acogerá como algo vivo que él mismo llevará después a su plenitud. En Jesús, Dios pudo decir por primera vez “nosotros”, los nacidos de mujer, los que entramos en este mundo por la geografía marginal. Nosotros, los amenazados por Herodes, los esclavos del Imperio. En Jesús también pudimos decir “nosotros” los hijos de Dios, los que llevamos su vida corriendo por el espesor material de nuestros sueños y de nuestras venas. En Jesús, el “nosotros” de Dios y el “nosotros” de la humanidad se pronunciaron juntos sin interferencia alguna. Ése es el horizonte de la perfecta encarnación, hacia el que también nosotros nos movemos.

La contemplación de Jesús no puede escamotear la realidad. Dios ha respetado lo real y se ha encarnado aceptándolo completamente tal como es, dialogando con las situaciones y con las personas. El viaje de Nazaret a Belén, el abusivo edicto imperial, la cueva de la exclusión, los pastores, la violencia contra los niños asesinados... nos invitan a mirar la dureza de la situación en la que Dios se encarna. En esa realidad, el Hijo de Dios se hace Palabra dirigida a nosotros. Diluir la dureza de la realidad con barnices que la disfracen y la escondan, o con reflexiones y espiritualidades que nos evadan de ella, es devaluar el mensaje que Dios nos quiere comunicar. La contemplación es para viajar al fondo de la realidad, porque ahí se puede descubrir al Dios encarnado. En la contemplación de la encarnación, hay que acercarse a la realidad con todos los sentidos abiertos. Y por los mismos sentidos se acercará a nosotros cada vez con más nitidez, una presencia más honda que las superficies desgarradas, la cercanía del Dios encarnado en ese niño pequeño que es el misterio de la humildad de Dios, que nos salva de una manera tan sorprendente que desconcierta nuestro imaginario religioso y sosiega la prisa que atraviesa de codicia nuestra interioridad y nuestro cuerpo. En la página en blanco de nuestra admiración contemplativa, Dios irá escribiendo la novedad salvadora de su encarnación en cada momento preciso de nuestra biografía personal y de nuestra historia. Construyamos el Belén en nuestra casa. ¿Dónde está hoy Dios “así nuevamente encarnado”? ¿Qué color tiene su rostro? ¿Quiénes son los pastores cercanos que lo descubren primero? ¿Cuáles son los Magos lejanos que inician el largo viaje de su búsqueda en otra cultura y en otra religión diferentes de la suya y que, cuando encuentran al niño, regresan a su tierra por un camino que no pasa por los intereses de Herodes? ¿Quiénes son María y José, que asumen el cuidado de esa esperanza naciente, ese brote recién nacido en el tronco del pueblo cortado de raíz? (Is 11, 1).

Todos sabemos que por la sangre de nuestra sociedad se ha infiltrado mucho desencanto. En gran medida, el desencanto llega de la caída de las utopías que prometían una sociedad más justa para los pobres del mundo. Pero no es ésa la única razón. “Nuestras sociedades, al haber abolido las ayudas de la tradición y relativizado las creencias, obligan a sus miembros, por decirlo de algún modo, a buscar refugio, en caso de adversidad, en las conductas mágicas, los sustitutos fáciles, la queja recurrente” (Pascal Bruckner, La Tentación de la Inocencia, Anagrama, Barcelona 1966). Más adelante añade: “El ocio, la diversión, la abundancia material constituyen a su nivel una tentativa patética de reencantamiento del mundo”. El “invento del consumismo”, con sus luces brillantes y sus disfraces sugerentes, no puede suplir la necesidad de poesía y de encanto que nos llega de los misterios hondos de la vida. El consumismo, cuando se apagan las luces de los deslumbrantes centros comerciales y se han roto ya los coloridos papeles de regalo, se convierte en un gel de aroma desgastado que se nos pega a los sueños y no nos deja volar. La contemplación del misterio encarnado es un camino diferente. Si oímos cantar ángeles sobre los niños pobres del mundo y vamos a mirar sin prisa lo que nos anuncian, si vemos posarse una estrella sobre los campamentos de los niños soldados y la seguimos de alguna manera hasta otras culturas y religiones, para comprometernos con ella, tal vez podamos descubrir que hay una vida más profunda que la miseria impuesta, que los desencantos que le dan la espalda y que los maquillajes que la disfrazan. Tal vez podamos sentir la dignidad y la fuerza de la vida, el misterio de la existencia, que desafía las situaciones y emerge siempre nueva, aunque sea con la debilidad de un brote germinal. Este descubrimiento nos puede transformar, y así podremos aportar a nuestro mundo un poco de encanto sustancial que sobreviva al apagarse de las luces de la fiesta.

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Una Navidad que nos encante

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Fecha Creación : 2016-12-17 11:50:32
Fecha Modificación : 2016-12-19 20:40:45


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